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"Exilio.
(Del lat. exilium.) m. Separación de una persona
de la tierra en que vive". (Diccionario de la
Real Academia Española). Que el exilio
caracteriza al ser humano desde el Paleolítico, me
dice mi hermano en Joyce, Ramiro Bermúdez Mallol. No me
atrevería a tanto, pero el siglo XX nos ha enseñado a
todos algo acerca del exilio. Se ha escrito muchísimo
sobre el asunto en artículos, libros, tratados
internacionales (los últimos observados accidental u
ocasionalmente, rara vez comprendidos como ejercicios
legales o morales); se habla del exilio externo o
exterior, el convencional; se habla del interno,
literalmente hacia adentro, cuando una persona o un
grupo, se abstrae de las circunstancias para
"invernar" y "disfrazarse" con las máscaras
que caracterizan a la sociedad de su tiempo y su lugar.
Este
no es una tesis sobre el exilio; lejos de ello, se
pretende pensar y hablar un poco sobre James Joyce
(1882-1941), quien vivió 37 de sus 59 años fuera de su
Irlanda odiada y deseada y nunca olvidada ni alejada:
"Irlanda es una cerda que devora su propia
prole", decía y escribía cartas apasionadas desde
Trieste, Zürich o París para preguntar de qué color
estaba pintada la puerta del No. 7 de la Calle Eccles,
en Dublín, el 16 de junio de 1904, cuando lanza a su
Ulises a una odisea inolvidable y nuestra, dentro de la
mar de recuerdos y añoranzas que es Dublín para uno de
sus hijos, disfrazado de judío y cornudo, Leopold
Bloom, quien presencia todo lo que pasa en su mundo, que
es el de la Odisea de Homero: todos los
episodios, en un sólo día.
Leopold
Bloom, este fracasado comerciante y marido, está
enamorado desesperadamente de Molly, su Penélope, quien
le coloca los cuernos con Blazes Boylan. Molly es
esencial, como la tierra. Joyce hace terminar el libro
con la descripción de un monólogo orgásmico de
cuarenta páginas, uno de los pasajes más evocativos y
bellos que conoce el idioma inglés de cualquier tiempo.
Retrocedamos
por un momento. Homero, según la leyenda, era ciego;
James Joyce vivió con la amenaza de la ceguera y sufrió
infinidad de intervenciones quirúrgicas, durante muchos
años, aunque insistió en escribir y corregir el
manuscrito de su obra, a mano, cosa que desesperó a
personas que quisieron ayudar a reducir el abultadísimo
manuscrito a algo manejable.
Su
"ángel", Sylvia Beach, de Shakespeare &
Company, en París, publicó la primera edición, misma
que circuló entre amigos en París por suscripción. La
Aduana de los Estados Unidos confiscó cuantos
ejemplares pudo encontrar, contribuyendo así al éxito
"pornográfico" de la novela, por demás difícil
de leer para el gran público de aquel tiempo.
He
aquí a un joven irlandés, nominalmente católico,
desencantado de su religión y de su país, agudamente
inteligente, se siente distinto y solitario entre los
que lo rodean. Desde muy joven, escribe; Ulises
es uno de los títulos que produce, el que más tiempo
le lleva escribir, una cantidad desesperante de años,
porque es perfeccionista y vive pendiente de la llegada
del cartero con la respuesta a una pregunta crucial
acerca de algún detalle ambiental del Dublín del Día
de Bloom, para poder avanzar sobre terreno seguro por
unas líneas más, unas páginas.
Se
le acusa a Joyce de ser juguetón con el idioma; lo es
–homo ludens– pero a diferencia de Finnegans Wike,
su última obra, que él consideraba la expresión máxima
de su talento y su misión, Ulises es
maravillosamente legible.
Sensible,
con dificultades oculares desde muy joven, James Joyce
debe vivir una niñez gris y típica del Dublín de fin
de siglo, cuando la Iglesia Católica controla grandes
terrenos de la existencia humana, la emigración hacia
Inglaterra y América sigue siendo la regla; la
ignorancia provinciana es lo común; Irlanda produce
maravillosos tenores, como John McCormack y algunos
poetas (Yeats, por ejemplo); a partir de Parnell, está
incubándose la lucha final por la independencia, que
tendrá que esperar hasta después de la Primera Guerra
Mundial y una serie de escándalos de "traición"
(el de Roger Casement, por ejemplo).
La
vida es de un ritmo lento, el ciclo eterno de nacer, ser
bautizado, ser confirmado, el casamiento, los años –
las décadas – de vegetar frente a batallones de
envases de bebida sobre mostradores oscuros de bares
donde se cultiva la "alegría irlandesa"; a la
espera, la mujer y el montón de hijos en la casa; todos
aguardando la remesa de dinero de allende los mares;
vegetando.
En
octubre de 1904, James Joyce se va a la Torre de
Martello, en Sandy Cove, cerca de Dublín; se queda
durante seis días; hay conato de balacera, en la cual
pudo morir y éste es el detonante que lo lanza fuera de
Irlanda para siempre, con excepción de algunas visitas
cortas.
"Imponente
y rollizo, Buck Mulligan apareció en lo alto de la
escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la
cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave
brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata
amarilla desprendida. Levantó el tazón y entonó: Introibo
ad altare Dei." (trad. Salas Subirat)
Así
comienza la maravillosa odisea nuestra y la de James
Joyce; exuberante, rijosa, irreverente, profundamente
humana y religiosa, es un viaje a través de todos los
capítulos de la Odisea de Homero y de todos los
capítulos de nuestras propias vidas.
Vale
la pena invocar aquí la obra original: una serie de
episodios que vive Ulises, el griego, que, alejado de
Itaca y de su Penélope durante veinte años, transita
por aventuras, es un héroe en la guerra, es un héroe
en la paz. No así Leopold Bloom. El es judío, extraño
en su propio mundo, exiliado de él, extraño ante sí;
evasivo de su propio ser u ocupación. Lo encontramos
sentado en el retrete, donde medita y se masturba,
teniendo un trabajo pospuesto, en la calle y una mujer
sin hijos, en el tálamo.
Leopold
Bloom es exiliado externo e interno; exiliado de sí;
enajenado, vaga durante el día y la noche, no tiene
contacto consigo mismo; sus conversaciones, parcas e
indiferentes, podríamos pensar, son truncas,
inconclusas, sin substancia. Indeciso, y aunque sabe
perfectamente quién le está poniendo los cuernos, no
hace nada al respecto; es un apático; un depresivo, diríamos,
consciente de su situación, pero incapaz de resolverla.
A
raíz del "incidente" de la Torre de Martello,
se va James Joyce de Irlanda, con su amor de toda la
vida, Nora Barnacle, una muchacha del oeste de Irlanda,
quien probablemente nunca entendió lo que escribía
James (su "Sunny Jim"), a pesar de que
"Jim" escribía apasionada e insistentemente
sobre ella y el amor que los unía. Nora es Molly, el
engaño, el exilio. Se casaron en 1931.
Otro
exilio. Trieste: clases de idiomas. Zürich: clases de
idiomas. Idiomas e idiomas, la extrañeza de idiomas e
idiomas, Joyce aprendió idiomas; pero fuera del inglés
y el latín de la liturgia, y los juegos con ellos
(retruécanos por miles, qué cercano Shakespeare),
James Joyce es un exiliado, sordo entre los que hablan
con otro ritmo, usan otras palabras. Sin más
herramientas ni alternativa que la memoria, el lenguaje,
el apasionamiento y una visión que lo sostiene hasta la
muerte, Joyce se ensaña en la recreación del Dublín
natal.
Del
exilio de la niñez se pasa a la orfandad; su madre
muere en 1903, urgiéndolo siempre en materia religiosa.
Hubiese querido que se ordenara cura. Pero James Joyce
es escéptico; hijo de Irlanda, la abandona antes de que
lo pueda devorar del todo y lleva la cicatriz del
exilio. Aterrado ante la posibilidad de olvidar: vive de
Irlanda, vive en Irlanda, como los exiliados
republicanos españoles que ví durante años, frente a
la taza fría de café caritativo y un periódico viejo,
en los cafetines de la ciudad de México.
Se
publica Ulises en una edición corta, el 2 de
febrero de 1922. Escándalo mayor entre los letrados.
Confiscaciones. Olvidos. Obstinado, apasionado,
perfeccionista, continúa trabajando James Joyce en París.
Muere en Zürich, en 1941. Su hija Lucía es confinada
en un manicomio hasta la muerte. El hijo, Giorgio, tiene
una vida oscura. Nora Barnacle sobrevive al marido por
un tiempo más, amándolo, extrañándolo y aún no
entendiéndolo.
Muchos
exilios en una sola persona, para una sola persona: hace
el interior, buscando y rebuscando en la memoria; hace
el exterior geográficamente en movimiento entre varios
polos que siempre son antagónicos entre sí y lejos de
Dublín, que es el centro de su universo; el Río Liffey
fluye entre sueños, el No. 7 de la Calle Eccles está
presente, como una especie de fiebre, delirio al
despertar y durmiendo.
Los
parientes y los amigos, las figuras públicas, los
olores, el frío, la comida y la bebida, todo encuentra
su lugar en este universo aparentemente caótico que es Ulises.
James Joyce ejerce un control absoluto sobre su mundo,
mismo que encaja dentro de una camisa de fuerza de
proporciones generosas: la Odisea, pero con púas
hacia adentro, como cilicio: Ulises.
Y
el pobre Bloom, de regreso a su casa a mediados de la
noche, se encuentra con su Molly que sueña con él,
Leopold, pero huele aún a Blazes Boylan; la
quintaesencia del orgasmo de Molly sería en algún
momento del pasado, cuando Leopold tenía aún la ilusión
de vivir con ella en un lugar que les perteneciera, al
mismo tiempo que ellos dos pertenecieran a algo que no
fuese el exilio permanente del ser humano en el siglo
XX. La añoranza que no puede expresarse tan sólo con
palabras.
"Si
puedo llegar al corazón de Dublín, puedo llegar al
corazón de todas las ciudades del mundo. En lo
particular radica lo universal". Cervantes está
rondando.
El
exilio universal, el diluvio universal, la condición de
carecer de raíz, son la característica de nuestro
tiempo; James Joyce es ciudadano de primera instancia,
quizás sin proponérselo en este mundo que no debería
ser nada extraño para ninguno de nosotros, pero lo es y
lloramos las pérdidas que sentimos, las extremidades
que faltan sin darnos cuenta de ello.
Nos
acompañan las voces de los que se han muerto sin
conocernos, sin que nosotros los conociéramos, y quisiéramos
asistir a los ritos de primavera con flores, en un campo
verde con sol; pero no es posible, ya no.
"…y
lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis senos
todo perfume sí y su corazón golpeaba como loco y sí
yo dije quiero sí…"
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