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El 14 de febrero de 1927, Ettore Schmitz, es decir, Italo Svevo, el de La conciencia de Zeno, italiano y judío, discípulo Joyce en la Berlitz School de Trieste, entonces austriaca, escribía al poeta Eugenio Montale, premio Nobel en 1975, sobre una conferencia sobre Joyce que estaba escribiendo: «Joyce flota solitario en el aire como si nunca nadie hubiese escrito antes». Y Ezra Pound, el «míster Esterlina» del propio Joyce, en la primera carta que le envía, el 15 de diciembre de 1913, le dice: «Por lo que me dice W.B.Y. [William B. Yeats, del que Pound era secretario] imagino que tenemos más de un odio en común, aunque éste sea un vínculo problemático para una presentación».
Dos imágenes, que retratan, de manera bastante fiel, la personalidad y los sentimientos de Joyce: flota solitario en el aire y alimenta odios coincidentes con odios ajenos pero nada extraños. Ezra Pound, que también flotaba solitario en el aire, fue el norteamericano pragmático al tiempo que se ocupó de dar de comer a Joyce, a su mujer Nora y a sus dos hijos, Giorgio y Lucía, cuando, tras dejar Trieste al estallar la I Gran Guerra, los Joyce se aposentaron en Zúrich y, tras la contienda, pusieron su casa en París. «Pagan a dos chelines la línea, le decía Pound, pero le ruego que señale claramente... pago mínimo, así como pago deseado». El caso es que James Joyce, dejó de flotar solitario en el aire, primero gracias a su discípulo de Trieste, Italo Svevo, que le pagaba muy bien sus clases de inglés, y siguió compartiendo profundos odios, con Pound, regados, eso sí, con «efectivo» (en libras, please), que aquél le enviaba de vez en cuando.
Nació en Dublín el 2 de febrero de 1882, día de la Candelaria, patrona y protectora en casos de tormenta -Joyce odiaba y tenía pánico a los truenos y los rayos-, educado en los jesuitas, a punto de entrar en el noviciado ignaciano y apóstata inmediato de su fe católica, a la que, dice, en carta a Nora de 1904, se ha propuesto combatir.
En 1914, año en que huye de Trieste a Zúrich por culpa de la guerra, ya tiene Retrato del artista adolescente, que el propio Pound ha conseguido «meter» en The Egoist, de Londres y de la señora Weaver, que la publica por entregas; pero, sobre todo, en 1914 comienza a escribir ese laberinto glorioso de la novela que es Ulises, que acabará en 1922.
En la madrugada fría y lluviosa del 2 de febrero de 1922, 40 aniversario del nacimiento de Joyce, Sylvia Beach, su benefactora norteamericana de la Shakespeare and Company, librería de la calle Odeón de París, le llevará a su casa los primeros ejemplares de Ulises, editados en Dijon y llevados a París por el expreso nocturno. Es el escándalo y la gloria que aplastará al escándalo.
Dejemos en la penumbra su único drama, Exiliados, de 1918, notable fiasco, creo que inmerecido. Recordemos al poeta de Música de cámara (1907), cuyo último poema, Oigo un ejército, conmovió a Yeats y al propio Pound; leamos devotamente esos Poemas manzanas o poemas a penique («Oh, Irlanda, primera y sola querencia mía/ donde Cristo y César mano y guante son», de nuevo vitriólico), y, si somos capaces, metámosle el diente al Finnegan's Wake inaccesible, libro en el que Joyce retuerce sus «dolores de barriga» idiomáticos con saña que apenas había asomado en Ulises.
«Joyce, genial, odioso, saturado con el odio de los renegados -decía Claude-; que, un día, salió corriendo», se calificaba a sí mismo de mal irlandés. Decía, siendo las tres grandes virtudes del irlandés ser católico ferviente, patriota rabioso y borracho siempre, «a mí no me adorna más que la última». Exageraba, sin duda, pero un día de 1926, cuando Hemingway le preguntó si acudiría a un banquete, a mediodía, Joyce le contestó: «No quiero salir antes de la hora de la cena porque no quiero emborracharme tan temprano. Tengo que trabajar». Como la vida misma. Pound, que compara Dublineses con Madame Bovary, de Flaubert, y con Doña Perfecta, de Galdós, dice que Joyce nos ofrece un Dublín «verosímil». Así era él, poco real pero siempre verosímil.
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