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De
James Joyce se ha escrito prácticamente todo aquello
para lo que da de sí un artista. De su mujer, Nora
Barnacle, sólo se sabe en detalle o de un modo más o
menos probable y verosímil, lo que Brenda Maddox acertó
a investigar y urdir en la biografía que da pie a esta
película. Una película que se llama Nora y no James y
Nora o Nora y James porque la película es Nora
Barnacle. Y ése es el gran acierto de la cinta, en la
que se retrata a una mujer que fue una roca, un auténtico
prodigio de fortaleza, integridad e inteligencia, además
de una verdadera jungla de sensualidad, una estimulante
tormenta monzónica de pasión y lujuria.
Puede
que los lectores de Joyce tengan una idea del concepto más
o menos realista, rupestre o romántico que Joyce tenía
de las mujeres. Los que hayan prolongado ese interés
por la obra hasta el territorio de la biografía, saben
que el autor de Ulises era un bastardo en sus opiniones
sobre el sexo femenino. Stanislaus Joyce –bien
presente en esta película– cuenta en su libro Mi
hermano James Joyce, que para el autor de Dublineses
“las mujeres son una gran invención porque economizan
mucha labor manual”.
Aunque
para ser justos y no clamar demasiado al cielo, conviene
situar esa opinión en el contexto de un arrogante
muchacho de 20 años que adiestraba su impertinencia en
sus visitas a las prostitutas del Dublín de principios
de siglo. En la Irlanda de aquella época el sexo era un
milagro diabólico, y el joven Joyce comenzaba a estar
algo harto de lo que Swedenborg llamaba “el amor
fornicador”. Según su hermano, Joyce estaba
convencido de que las prostitutas eran “malas
conductoras de la emoción”, sobre todo para alguien
como él, empedernido lector de San Agustín y empeñado
ya en el deseo de “fornicar con un alma”. Nora
Barnacle venía de Galway –condado James Joyce en la
actualidad– y no pensaba de igual modo sobre ese tipo
de cosas. Era una campesina fundamentalmente sana.
Joyce, por el contrario, era ya un enfermo.
Salieron por primera vez juntos el 16 de junio de 1904,
y ésa es la fecha en la que condensa toda la acción de
Ulises, delimitada en las 24 horas de un día. Joyce
evocó a Ibsen cuando ella le dijo que se llamaba Nora.
Su padre, John Joyce, ducho en alcoholes, aseguró que
ella jamás le abandonaría en cuanto supo que su
apellido era Barnacle, que significa lapa. Estaba en lo
cierto. James Joyce encontró en Nora no sólo un alma
con la que fornicar, sino también un corazón del que
extraer sentimientos, misterios y dolor con los que
nutrir sus relatos.
Espectros. Esta película narra los años en que
Joyce está escribiendo una colección de cuentos
reunidos bajo el título de Dublineses, entre la que
destaca el relato Los muertos, llevado al cine por John
Huston. En él los celos alcanzan una temperatura de
sublimación que desemboca en una crisis del espíritu,
en la aparición de los espectros y en la muerte como
redentora de la traición de las pasiones y de la
improbabilidad del amor más allá de la carne.
Nora
fue en cuerpo y alma el laboratorio donde James Joyce
llevó a cabo todas sus manipulaciones físicas y
espirituales. Ella era dueña de una sinceridad agraria
en la manifestación de sus sentimientos, y él convertía
esa sinceridad en expresión literaria. Él se imaginaba
cualquier tormento amoroso en cuyo padecimiento pudiera
gozar de la carne de Nora y paladear la inocencia
espiritual de su esposa. Ella se irritaba y ofendía al
verse convertida en metáfora. Así, las palabras que
ella no comprendía y que trazaban la historia que era
ella misma, estimulaban unas disputas que conducían a
otro orden de esas mismas palabras, a una nueva malla de
metáforas, a una historia que, girada sobre sí misma,
era otra historia en la que Nora aparecía bajo una
nueva apariencia sin dejar de ser ella, Nora, la chica
de Galway por la que murió de amor un muchacho llamado
Michael Bodkin en la realidad y Michael Fury en la ficción
de Los muertos.
Cuando
Joyce no tenía un novio a mano para reprocharle a Nora
cualquiera de los entramados de su propia invención, se
lo inventaba. Es lo que le ocurrió al desdichado
Roberto Prezioso, como también se cuenta en la película.
El pobre Prezioso era un periodista veneciano que
trabajaba en Trieste, donde le facilitó a Joyce un
trabajo en el Piccolo della Sera. Casado y con dos hijos,
sus modales afeminados y una cierta leyenda de
homosexual no empañaban su éxito entre las damas. Era
un admirador de Nora en la época en que Tullio
Silvestre pintaba su retrato, el de una mujer a la que
consideraba la más bella que había visto. Joyce se
inventó el romance de la cruz a la raya. Un día, en
plena Piazza Dante de Trieste, acusó a Prezioso de
adulterio en presencia de Nora. Silvestre pasó por allí
en ese momento y cuenta que Prezioso no pudo soportar
las dos humillaciones y rompió a llorar. De modo que
Nora contaba con razones suficientes para detestar al
hombre al que amaba y que haría de ella el arquetipo
simbólico de la mujer en su libro más famoso, Ulises,
tan poco leído que ni siquiera le resultaba familiar a
Ewan McGregor, su intérprete en la cinta.
Ulises no es un libro fácil. Es fascinante, misterioso
y sugestivo, pero requiere un esfuerzo que suele superar
la disposición del lector acostumbrado a literaturas más
convencionales. Ulises es un libro poco convencional,
como corresponde a una historia que resume en la jornada
de un cornudo toda la Historia de la Humanidad y sus
imaginaciones sagradas y profanas. Joyce convierte esa
jornada con la que celebra su primera cita con Nora, el
16 de junio de 1904, en el vagabundeo de un masturbador
solitario y mirón al universo masturbatorio de los
mirones solitarios. Es un libro de extraña ternura e
inaudita grosería, convertido en la Biblia del macho
perplejo ante la hembra segura de sí misma y
ensimismada en su sexo rebosante de salud.
Modelo de mujer. En una carta a su amigo Franz
Budgen, Joyce le asegura que el último y más famoso
capítulo de Ulises, titulado Penélope, es la clave más
precisa del libro, y que representa un globo terráqueo
que gira lentamente sobre sí mismo con cuatro puntos
cardinales que son “el seno femenino, las nalgas, el
vientre y el sexo”. Joyce reconoce en la carta que ese
capítulo “es quizá el más obsceno de todos, y, sin
embargo, veo en él a la mujer perfectamente sana,
completamente amoral, fertilizable, valerosa en la
deslealtad, seductora, lasciva, limitada, prudente,
indiferente. Yo, la mujer, soy la carne que está a
punto para la afirmación”. Si el dios masculino con
el que Joyce juega al escondite es un dios capaz de
decir “yo soy el que soy”, la diosa ante la que
Joyce permanece perplejo, aterrado, casi mudo, es la
diosa capaz de afirmar “yo soy la carne”.
Nora
fue para Joyce la substancia permanente de esa afirmación,
a la que se aferró como quien vive abrazado a un rencor.
Es mas fácil saber lo que es el sexo entre dos que se
aman. Mucho más difícil resulta discernir lo que es el
sexo entre una mujer que ama, pletórica de salud, y un
enfermo emocional que goza con su anhelo, se desmaya en
su placer y no piensa en otra cosa que en escribir las
metáforas entre las que naufraga su mente al imaginarse
todo eso de cuyas sensaciones recela.
A
Joyce y a Nora Barnacle aún les quedaba mucho por
bregar en la vida, así como una larga secuencia de
penalidades. El libro Dublineses apareció, por fin, en
1914, cuando su autor comenzó a publicar por entregas
su novela Retrato del artista adolescente y ya escribía
su Ulises, publicado en París por Silvia Beach el año
1922. Para entonces ya escribía en unos folios enormes
con una caligrafía gigantesca. Unos ataques de iritis
se añadieron a los dolores de una dentadura que nunca
fue buena.
La
Primera Guerra Mundial llevó a la familia a Zúrich. En
Irlanda estalló la guerra civil en 1922, y el dolor de
los ojos puso al escritor al borde de la incapacidad
para ganarse la vida, de modo que el poeta Ezra Pound
pidió a su colega T.S. Eliot la organización de una
colecta que proveyera de fondos a un autor ante el que
Marcel Proust palidecía.
Nora
y James se casaron el 4 de julio de 1931, un año antes
de que su hijo George les diera un nieto al que llamaron
Stephen, y de que su hija Lucía sufriera su primer
ataque de esquizofrenia. Mientras tanto, arreciaban las
críticas contra Ulises por lo que las autoridades
entendían como pornografía. El libro no apareció en
Estados Unidos hasta 1933, once años después de la
edición parisina. Ese mismo año, Lucía hubo de ser
internada sin esperanza de recuperación alguna. El 10
de enero de 1941, una úlcera duodenal perforada requirió
una intervención de urgencia que Joyce soportó de modo
engañoso. Cuarenta y ocho horas después, y al cabo de
dos transfusiones, caía en coma para morir el 13 de
enero a las 2:15 de la madrugada. Nora murió el 10 de
abril de 1951 a causa de una dosis mal calculada de
cortisona. Stanislaus, el hermano de Joyce, el 16 de
junio de 1955 en Trieste. George se instaló en Múnich.
La profesora Romana Paci dice que Lucía “sanó
probablemente”.
Todos cuantos de un modo u otro se divierten con los
libros de Joyce, celebran su memoria todos los 16 de
junio, en recuerdo de aquella tarde en que Nora y James
pasearon juntos, pensando en meterse mano.
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