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James
Joyce (1882-1941) ha sido uno de los santones literarios
más reverenciados de nuestro tiempo. El vasto
confusionismo de buena parte de su obra ha determinado
que el caótico siglo XX
lo
venerara hasta la extenuación. Aunque tengo la impresión
(no sé si acertada o no) de que últimamente su figura
es algo más discutida que antes. Quiero decir que si
alguien cree que el Ulises o el Finnegan's
Wake son un tostón, tiende a decirlo
tranquilamente, o al menos con más libertad que antaño.
Aunque ya Juan Benet dijo hace algún tiempo de Joyce
que era "un autor costumbrista": es difícil
cargarse de una manera más fina a un escritor
tan pretencioso y de complejidad tan deliberada como el
dublinés.
De
todos modos, al margen de su consideración literaria,
no creo que Joyce haya sido realmente demasiado leído.
Antes de hacer un solo retorno de carro más debo
confesar que yo tampoco he leído el Ulises, su
principal obra y una de las escrituras más sagradas
de la moderna historia literaria (en una estantería
duerme, desde hace años, un ejemplar del Ulises
-para mayor gravedad, en edición francesa- que compré
en el mercado de San Antonio por cuatrocientas pesetas:
su pesado y morfínico sueño no ha sido aún turbado).
Claro que al parecer, tampoco lo leyó Nora Barnacle, la
verdadera protagonista de la película que se supone
reseñamos. Yo tengo para mi que la monumental y confusa
novela magna del autor irlandés tan sólo la han leído
en España tres personas: Garcia Tortosa, Jose María
Valverde y Eduardo Chamorro: los traductores españoles
del Ulises. Para dar una idea de la complejidad
del célebre mamotreto, decir que entre la primera
traducción castellana de la inacabable odisea joyceana
(la debida al argentino Salas Subirat a principios de
los 40) y la segunda, la de Jose María Valverde,
pasaron más de tres décadas. Durante aquellos treinta
y tantos años (de 1941 ó 42 a 1976) aquella primera
traducción argentina fue la única de la que pudo
alimentarse el mundo hispánico: lo cual es indicativo
creo yo, de que durante aquel dilatado periodo, el Ulises
no fue una obra precisamente devorada por los lectores
de lengua española.
Sea
como fuere, la película irlandesa Nora
fabricada en el 2000 y que acaba de estrenarse en
Barcelona (Octubre 2001) no dice (si no voy errado y
creo que no) ni media palabra sobre el Ulises,
aunque en los años que el film retrata, Joyce aun no lo
había comenzado. En realidad de la obra literaria del
autor irlandés la película habla muy poco. Si acaso,
alguna alusión a las dificultades que tuvo Dublineses
para su publicación y poco más. De hecho, el auténtico
tema de Nora son las apasionadas y turbulentas
relaciones entre el egocéntrico y reconcentrado Joyce y
la vital Nora Barnacle, descritas muy al detalle,
incluso en sus aspectos más técnicos y amatorios. Nos
enteramos por ejemplo, de que su repertorio de posturas
era variado y también de que Joyce practicaba la
masturbación usando como material para sus fantasias la
correspondencia con Nora, en la que al parecer, le decía
de todo.
Según
nos muestra el film, en los intercambios epistolares,
Joyce usaba las dos manos: con una sujetaba la carta en
cuestión, y con la otra se sujetaba a si mismo. Los ya
iniciados ya sabían, de todos modos, que el contenido
de la correspondencia que iba de Dublín a Trieste era
de alto voltaje: en ella se descubren también ciertas
inclinaciones escatológicas y coprófilas del
reverenciado autor, que incluían incluso referencias y
alusiones a la ropa interior de Nora, que debía, con
arreglo a las preferencias de Joyce, estar un poquito
manchada. Pero como decíamos, en lo que a la obra
literaria se refiere (no olvidemos que estamos hablando,
al fin y al cabo, de un autor literario), la
película es mucho mas recatada y tímida.
El
film se nos antoja, de todos modos, una correcta y
atractiva recreación de un momento temprano de la vida
de Joyce (el inmediatamente anterior a la redacción del
Ulises) y especialmente de sus relaciones con
Nora Barnacle. La cinta protagonizada por Ewan McGregor
(el prota de La Amenaza fantasma, aqui
caracterizado de icono literario) será de especial
interés para aquellos que quieran mejorar su culturilla
sobre historia de la literatura mientras (al igual que
un servidor) siguen postergando indefinidamente la
lectura del Ulises. Yo por mi parte continúo
contemplándolo en su estante con asustado y religioso
respeto. Un respeto que me disuade hasta de rozarlo.
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