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El
10 de junio de 1904 un James Joyce de 22 años, delgado,
ojos miopes azul claro, vio por la calle a una muchacha
alta, pelirroja, de ojos azul oscuro, y le tiró los
tejos. Joyce estaba considerado ya una firme promesa en
el mundo de las letras, y hasta él mismo no se
esforzaba en bajar su voz de tenor cuando afirmaba que
iba a ser el mejor de todos los escritores irlandeses,
el hombre que cambiaría para siempre la historia de la
literatura en su país. Estaba convencido de que era un
genio. La mujer a quien abordó trabajaba de asistenta
en un hotel. Se llamaba Nora. Tenía 20 años. Había
ido a la escuela en un convento de monjas sólo desde
los 5 a los 12 años, y había repetido dos veces cuarto
curso. Él le pidió salir una noche y ella prometió
que acudiría. Pero faltó a la cita. El le escribió
una breve carta en la que le insistía en salir. Y esta
vez, ella aceptó. Fueron más allá del puerto y los
muelles, a una zona desierta y... "para grata
sorpresa de Joyce, Nora le desabrochó los pantalones,
introdujo en ellos la mano, le apartó la camisa y,
procediendo con cierta pericia (según él mismo
precisaría más adelante), hizo de él un hombre".
Los
dos habían tenido padres borrachos, los dos se habían
quedado sin madres, los dos eran alegres, sardónicos y
tenían la risa fácil. Cuatro meses después Joyce le
pidió que se fuera con él a Europa, que fuera su
amante para toda la vida, que nunca pensara en casarse,
porque él renegaba de la Iglesia, y ella lo dejó todo
por él. Se marcharon de Dublín a Trieste, empezaron a
hablar italiano en la intimidad, vivieron amancebados
durante 27 años, se casaron por lo civil en 1931 y sólo
los separó la muerte.
Nora
no vacilaba en decir polla en vez de pene, fumaba, no
entendía ni leía apenas los escritos de Joyce,
disfrutaba con los juegos sexuales y escatológicos que
el novelista le proponía y supo conservar el humor
junto a un hombre "cuyas obsesiones fueron fatales
para muchas de sus amistades y, al parecer, incluso para
sus hijos".
El
hombre que con más descaro se atrevió a navegar en el
alma, en el subconsciente del ser humano, no iba a dejar
que su Nora dejara de relatarle el más mínimo detalle
sobre sus recuerdos, sus sueños, sus anhelos, sus
frustraciones. El producto de todo eso, pasado por el
tamiz de miles de horas de investigación, es este libro
que se publicó por primera vez en 1988 y se ha
reeditado ahora a raíz de la película del mismo título
que se estrenó el año pasado en el Reino Unido.
Gracias
al viejo vicio de guardar las cartas, los más recónditos
detalles de la relación entre Joyce y Nora, salen a la
luz, su correspondencia furtiva, las llamadas "cartas
sucias", todo... o casi todo. A veces, el lector
respetuoso de las intimidades ajenas se preguntará: ¿pero,
qué hago yo leyendo este libro que deja en pañales a
las ñoñerías de programas como Gran Hermano? Y el
amante de la literatura contemporánea se dirá: ¿cómo
no habré leído hasta ahora algo tan necesario para
entender uno de los libros más complejos de la
literatura contemporánea? Porque Nora es mucho más que
una historia de amor.
"Sé
y entiendo que si en el futuro tengo que escribir algo
bello y noble tan sólo lo haré prestando oídos a las
puertas de tu corazón". Hasta tal punto prestó oído
Joyce al corazón de su amada que, tremendamente celoso
como era, no dudó en pedirle a Nora que se acostara con
otro hombre, para saber qué cosa era eso del adulterio
("la imaginación es memoria") y poder
reflejarlo en el Ulises. Pero Nora no se dejaba
manipular ni por Joyce ni por nadie. No era ni mucho
menos la esposa del artista William Blake, a la que
Joyce describió en una conferencia: "Como muchos
hombres geniales, Blake no se sentía atraído por las
mujeres cultas y refinadas. Prefería (si me permiten
utilizar una expresión común en la jerga teatral) la
mujer sencilla, de mentalidad imprecisa y sensual o, en
su ilimitado egoísmo, aspiraba que el espíritu de su
amada fuera una lenta y dolorosa creación suya para así
liberar y purificar ante sus ojos al demonio (según él
lo llama) escondido en la nube. Cualquiera sea la verdad,
el hecho es que la señora Blake no era ni muy bella ni
muy inteligente. De hecho, era analfabeta, y al poeta le
costó grandes esfuerzos enseñarle a leer y escribir.
Hasta tal punto lo consiguió que al cabo de pocos años
su esposa lo ayudaba en sus grabados, retocaba sus
dibujos y cultivaba sus propias facultades imaginativas".
Por
cierto que en esta edición de 776 páginas (61 de las
cuales contienen notas aclaratorias y bibliográficas)
se comete el descuido de no aportar un índice con los títulos
de los 20 capítulos, cosa que no sucede en la edición
inglesa de Penguin Books, donde no sólo se aporta un índice,
sino que en la cabecera de cada página impar aparece el
título del capítulo correspondiente, con lo que la
consulta de notas se facilita enormemente.
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