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No
existe pretensión alguna de agotar el tema o la polémica.
Ni siquiera intención de trastocar la forma de pensar,
de hacer crítica o de manejar las influencias en cuanto
a nuestra literatura como ser latinoamericano se
refiere.
Ni
desmentir lo que se ha dicho, sino de dar un aporte a un
tema, del cual pienso, no está dicho todo. Es una
tradición en nosotros hablar de nuestros padres, de
nuestros formadores y fundadores de estilos como
individuos foráneos, céntricos y metropolitanos y jamás
periférico, autóctonos u originarios de nuestro trópico.
Lo
anterior quizás obedece al mismo encubrimiento o a la
asociación de nuestros propios creadores a un precursor
extranjero o a una corriente o estilo de la misma
prosapia. Siempre estamos atribuyendo un parentesco o un
origen sagrado, divinizado a nuestros logros, pero éste
debe ser de fuera de nuestra latitudes.
Europeo
o anglosajón.
Aun
nuestros más originales creadores como el mismo Rubén
Darío que exportó cultura hacia Europa buscó padrino
en Francia. Jorge Luis Borge buscó genealogía en
Joyce. Gabo ha revelado en muchas ocasiones su deuda con
la novela norteamericana. Coronel Urtecho se sintió un
deudor eterno de Pound, de Elliot y de toda la pléyade
de poetas norteamericanos.
En este
caso, tomamos a Joyce como paradigma de nuestras
influencias por ser precisamente, según la crítica, el
quebrantador, el que marca la ruptura entre la tradición
y la novedad, entre vanguardia y estancamiento, entre
narrador omnisciente -decimonónico que todo lo sabe y
el que deja que sus personajes se presenten por sí
solo, a través del fluir psíquico, y, la entreveración
de imágenes e historias en contraposición a la
linealidad cronológica del quehacer novelístico
anterior a él.
El tomar
siempre como modelos a Joyce, a Wolf, Faulkner o a Dos
Passos ¿No obedece al simple hecho de inventarnos un árbol
genealógico que nos confiere poder o respaldo de un
producto extranjero? Al igual que los aristócratas
griegos, y los romanos, que buscaban su primigeneidad en
los dioses -incluso inventando historias absurdas- así
nosotros buscamos respaldo preconcebido en categoría
que traemos de afuera. Jamás buscamos en nuestro
imaginario, en nuestros creadores esa supuesta «innovación
y originalidad que sólo Europa puede dar».
James
Joyce publica su hito literario Ulises en 1922 y
Faulkner despunta en Norteamérica casi paralelo. No
obstante, si de experimentación de recursos narrativos
o de estructuración se trata, narradores como el
mexicano Mariano Azuela ya estaban experimentado, quizá
de forma inconsciente o ingenua como diría Jame M.
Mellard. En obras como Mala Hierba (1909) Los Fracasados
(1906), Azuela juega, experimenta con niveles
narrativos, con símbolos, con historias entreveradas y
ofrece ciertos atisbos de psicología literaria.
Esto lo
corrobora poco años después en su obra de segunda
etapa cuando publica la malhora (1923) el desquite
(1925). Nóteses que la publicación de la malhora se da
tan solo un año después de Ulises y esto no implica
que Azuela hubiese leído al hombre de Dublín. Si no
que simplemente resemantiza lo que había hecho años
atrás de forma inconsciente para luego hacerlo de forma
consciente y convertirse según Mellard en un novelista
refinado de la forma, puesto que ya maneja
conscientemente la innovación, es decir, sabe lo que
hace.
Además,
si buscamos en nuestros narradores en el avance o
evolución de nuestra novela notaremos que ésta no
devino en meros experimentos verbales, en meros juegos
simbólicos y experimentaciones caóticas de la forma y
la estructura, si no que jamás perdió su narratividad.
El hecho de la experimentación en la forma, hizo que el
«Noveau Roman» Europeo, según Darío Villanueva,
clamara por un retorno a la acción y la fantasía.
Por otro
lado nuestros narradores jamás abandonaron la función
misma de narrar, de contar, aun llevando a cabo
experimentaciones subversivas de orden estructural y
formal en el texto, incluso cayeron en una especie de
metaliteratura (el caso de Rayuela de Cortazar). Sin
embargo, las novelas de Cortazar así como la de
Fuentes, Carpentier y Donoso entre otro jamás dejaron
de ser interesantes (como dijo Henry James: la mayor
característica de la novela es que ésta sea
interesante). Nuestra novela nunca perdió la acción y
la fantasía, ni traicionaron la narratividad por los
meros juegos verbales y palabrescos.
Esto
simplemente es un legado de esa narratividad que hacía
presencia desde Altamirano, pasando por Azuela, en donde
en este último, no se pierde el objetivo de hacer
interesante y activa la novela, aún al tratar de
experimentar en la desintegración de la forma. Esto
desembocaría en un espíritu que animaría a nuestros
narradores y se traduciría en formas de comportamiento,
de elucubración que se concentrarían en su manera de
escribir, de narrar sin perder la brújula de ofrecer al
lector textos equilibrados en contenido y en la forma.
Cabe
preguntarse si realmente Joyce es nuestro padre y la «Noveau
Romance» nuestra madre adoptiva. ¿Qué hicimos
entonces con toda esa tradición literaria decimonónica
de narrar interesante? Es cierto que Azuela o Altamirano
leyeron a Balzac a Tolstoi o a Zola (por buscarles
padrinos), pero de alguna manera tenían que narrar. En
nuestro continente esa tradición decimonónica se
extendió más que en Europa y luego se hibridó con las
experimentaciones y crearon una novela nueva,
interesante, exitosa y de ribetes universales. ¿Es sólo
influencia de Joyce» o ¿existe algún crédito de
nuestros narradores anteriores? hay que redimir,
redefinir, redimensionar o re-mapear, para usar un término
postmoderno ese discurso hasta ahora manejado de la
herencia en la cuestión literaria en Latinoamérica.
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