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Tres
novelas, por innovadoras, constituyeron una bisagra en
las letras. Hay quien se refirió a ellas como "el
triángulo de la novela de este siglo". En ellas
los estilos sufren una metamorfosis revolucionaria; se
priorizan la introspección y la asociación libre de
ideas y sentimientos. Esas asociaciones, entremezcladas
con recuerdos oníricos, fueron el material en el que se
moldeó la nueva literatura; el argumento y el relato se
desvanecían. Los protagonistas de esa tríada eran judíos
("La conciencia de Zeno" de Italo Svevo,
"En busca del tiempo perdido" de Marcel
Proust, y "Ulises" de James Joyce), así como
dos de los autores.
El
judío ocupa un lugar relevante en la literatura, entre
otros motivos, porque su identidad ha cautivado el interés
de escritores de primera línea. James Joyce dio a su
novela total el título de "Ulises" porque veía
al rey de Itaca como la síntesis del hombre que asumía
una milenaria experiencia, quien lo había visto todo y
experimentado todo. El griego hecho judío.
"Ulises"
(1922) es el resultado de un fugaz cruce entre las vidas de
Leopold Bloom, su esposa Molly, y su hijo
espiritual Stephen Dedalus. Joyce dota a las
peripecias del trío de un ineludible paralelismo con
la obra de Homero, sobre todo con los encuentros y
desencuentros entre el rey Ulises, su esposa Penélope
y su hijo Telémaco. Las alusiones homéricas son
particularmente claras en el capítulo décimo
("Las rocas errantes"), que divide la novela
en dos secciones.
Esas
veinte horas en Dublín dieron a luz no sólo al
personaje más detalladamente presentado de toda la
literatura, sino a la novela más ampliamente
debatida de nuestro tiempo, quizá la más influyente
por técnica y estilo.
Un
día inmortal.
La
primera cita entre un inestable estudiante de
veintidós años con una camarera semianalfabeta
dos años menor, no parece motivo para que las letras
conmemoren, aun si de ese encuentro derivó un
matrimonio para toda la vida.
Sin
embargo, la literatura debe a esa fecha la aventura de recorrer
personajes y conciencias, una erudita renovación
de las palabras, el dominio simultáneo de
simbolismo y naturalismo, y una prosa de intensidad
y belleza tales que la hacen más comparable a la obra
de los grandes poetas que a la de los grandes
narradores. Porque James Joyce, el joven de la
mentada pareja, eligió aquel encuentro con Nora
Barnacle para fijar el día en el cual
transcurre su "Ulises". El 16 de junio de 1904 fue
aprehendido tanto como es posible en la ficción,
reproduciendo junto con las visiones, sonidos y
olores de Dublín, las memorias, emociones, y
deseos de su gente. Esta nueva técnica corría el
riesgo de mostrarlo todo por medio de meras
vaguedades y bruma, pero la maestría de Joyce
logró una descripción que es, en opinión de su
prologuista Jacques Mercanton, más precisa y aun mas
verdadera que la de los naturalistas.
Un par
de años después de aquel gran día, mientras para su disgusto
trabajaba como empleado bancario en Roma, a Joyce
se le ocurrió incluir entre sus primeros relatos
("Dublineses"), un cuento acerca de un
viajante de comercio de origen judío, de
esposa infiel y de nombre Hunter. El título
original pasó a ser "El día del señor Bloom en
Dublín" y la idea se complicó: Joyce,
transformado en su personaje Stephen Dedalus,
después de protagonizar "El retrato del
artista adolescente", invade las vivencias del
comerciante judeoirlandés.
La
Dublín que surge del texto es una ciudad de voces. Tal
vez se deba a que, como la vista de Joyce era
defectuosa, su imaginación fuera más auditiva que
visual (recordemos que los anteojos de
Stephen se habían roto el día previo al de
"Ulises"). Por ejemplo, el lector puede concluir
las setecientas páginas sin una idea precisa de
cómo se ven Bloom o Molly, pero sus permanentes
soliloquios nos permiten recordar perfectamente sus
voces. Joyce nos lanzó directamente a lo más íntimo
de sus personajes, con inigualable capacidad para
describir la somnolencia y la embriaguez, el
subconsciente y el sueño. Seguimos a Leopold Bloom
desde la calle, un entierro, un bar, una iglesia,
una biblioteca pública, la oficina de un diario y la
orilla del mar, conocemos sus más íntimos
pensamientos y asociaciones, y llegamos a la escena
nocturna en el burdel, con Dedalus y Bloom ebrios, que
nos muestra una película en cámara lenta que
intensifica la realidad y la troca en fantasmagóricas
visiones.
En
el último capítulo ("Penélope") terminamos
por acompañar a Bloom a su lecho conyugal para oír
los pensamientos hipnagógicos de su esposa Marion
Bloom, uno de los personajes más intrigantes de
todas las artes. Despertada a las tres de la
mañana por el regreso de su marido, dormita,
cela, recuerda y nos lanza ocho frases de cinco
mil palabras cada una, sin pausa y en asociación
libre. La descripción que hace de Bloom muestra una
faceta distinta de un hombre con quien, pese a sus
debilidades, habíamos simpatizado. Las perversiones sexuales,
más crudas que las que se habían
adelantado tres capítulos antes, habrían motivado
a Henry Miller a dictaminar que "hay párrafos de Ulises que
sólo pueden ser leídos en el baño". Debemos al
descaro de los libros posteriores que aquella obscenidad
ya no abrume, pero entonces se prohibió la novela
durante una década en los Estados Unidos y D.
H. Lawrence llamó a su última parte "puerca, la
más sucia, indecente y obscena cosa jamás
escrita". No transcurrió mucho tiempo para que se
entendiera "Ulises" como una obra de arte que
reunía objetivamente desde lo más bajo a lo más
elevado de la vida.
El
judío.
Joyce intenta mostrarnos descarnadamente
al hombre moderno y su desconcierto,
y para ello elige resumirlo en un judío alejado de sus
raíces. En él, sostiene Anthony Burgess, Joyce había
percibido la síntesis del ser humano alienado de
nuestra civilización. Su identidad judía le es señalada
a Bloom desde el afuera, y jamás le queda clara. Es
sucesivamente afirmada, rechazada, y asumida en todo
caso como una autodefensa: "Yo pertenezco a una
raza también odiada y perseguida", dice Bloom en
la taberna.
Se
combinarían con esa alienación el intelecto,
representado en Stephen, y el cuerpo, representado
en Molly. Qué sería de la relación entre ellos de ahí
en adelante, es una de las preguntas que la novela deja
sin respuesta.
"Ulises"
fue escrito mayormente en Zurich durante la guerra,
mientras Ezra Pound procuraba notoriedad para la
obra previa de Joyce. Este tenía como tema favorito la
similitud entre los judíos y los irlandeses, y por ello
su novela hace que la historia de ambos pueblos se
crucen con la de los griegos. En "Ulises" hay
puntos de contacto entre el gaélico y el hebreo,
menciones del Talmud, vocablos ídish y hebraicos, el
Hatikva, referencias a rabinos, filósofos judíos, prácticas
de nuestra religión como los tefilín y mezuzot, o el
Shemá Israel. Hay notables elogios al sionismo (se
menciona entre otras una aldea pionera en la costa del
Tiberíades) y censuras de la judeofobia (que Joyce
llamaba "el prejuicio más fácil de
fomentar") especialmente en las mordaces bravatas
de la taberna ("Irlanda es el único país que no
persiguió a los judíos porque nunca los dejó
entrar"). Y, fundamentalmente, se plantea la
experiencia del judío que no comprende la dimensión de
su identidad, una experiencia que ejerció en el genial
Joyce una fascinación especial. Por ello se propuso
explícitamente arrojar a ese judío al centro de la
literatura europea. Lo consiguió en una novela
inmortal.
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