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Leí
a Joyce por primera vez a los diecinueve años.
Un amigo barcelonés, inscrito como yo en la
Facultad de Derecho y apasionado también de la
literatura, me prestó un ejemplar del Retrato del
artista adolescente, en traducción española de
“Alfonso Donado”—Dámaso Alonso no había osado
firmarla—y con un sugestivo prólogo de Antonio
Marichalar, impreso en 1926 y prohibido desde el
alzamiento militar por la censura franquista.
Inútil decir que su lectura me impresionó:
educado, como Stephen Dedalus en un colegio religioso de
las características del que Joyce nos pinta, disfruté
de cada página con esa intensidad que sólo procuran
las obras maestras, ya sean de Sterne, de Flaubert o de
Proust. La minuciosa descripción de los Ejercicios
Espirituales ignacianos reproducía párrafo a párrafo,
casi en tiempo real a los que un lector como yo podía
agregar el tono de voz, el gesto y la mímica-, el
discurso destinado a aterrorizar a las mentes jóvenes e
inexpertas a fin de sujetarlas de por vida a los
preceptos de papel de la Iglesia de Roma y mantenerlas
en un estado de enfermiza culpabilidad. Casi un siglo
antes, Blanco White había descrito también, con
singular eficacia narrativa, las prédicas del padre
Vega en La cueva sevillana, de idénticos
recursos melodramáticos y escenificación terrorífica,
pero Joyce no conocía desde luego la obra de su remoto
predecesor Con esa extraordinaria capacidad para captar
los registros de voz -capacidad que luego extendería al
murmullo polifónico de Bloom-, el retiro espiritual del
padre Arneil, sobriamente descrito con su «pesado
manteo, la cara pálida y consumida y una voz cascada de
reumático», será el punto de partida de la rebeldía
de Stephen y de su voluntad de alejarse para siempre
aunque sin olvidarla nunca- de la sociedad opresora en
la que se crió.
Los
retratos de Gente de Dublín - nucleo seminal de
la posterior obra joyciana - me atrajeron igualmente con
fuerza, pues respondían, al menos en parte, al canon
literario que conocía y al que me esforzaba en seguir
en mis pinitos de escritor Por esta razón, cuando me
sumergí dos o tres años después en la lectura de Ulises,
editado en Argentina con una muy meritoria traducción
de Salas Subirat, mi primera impresión fue de
desconcierto, como si el suelo de la novela fallara bajo
mis pies. El mal llamado "monólogo interior"
de Bloom me introducía en un territorio literario
desconocido y, a cada paso, debía detenerme y volver
atrás, para estar seguro de seguirle la pista y
asimilar con provecho lo que leía. Joyce, como todo
innovador auténtico, impone la relectura: en la
superación de sus dificultades radicaba precisamente mi
goce de lector
El
lenguaje como protagonista
En
diversos pasajes de la obra quise adiestrar el oído a
su escucha, pero el español bonaerense no me lo permitía:
leía el texto, mas no escuchaba su música. Recurrí
entonces a la traducción francesa de Valery Larbaud y
mi frustración fue la misma.
No
obstante la escrupulosa fidelidad del amigo y discípulo
de Joyce, me sentía tan insatisfecho como en la lectura
de su versión argentina: el genio de una lengua se
adapta difícilmente al de las demás cuando el lenguaje
asume el verdadero protagonismo de la narración.
Mi
certidumbre se confirmó el día en que me enfrenté por
fin al original, en la edición de John Lane, impresa en
1952, un ejemplar que pertenecía a Monique Lange y del
que nunca me separo. Dicha edición contiene una serie
de apéndices ilustrativos de la lucha de Joyce contra
el poder castrador de la censura a lo largo de una década:
el escrito protesta de los mejores escritores de la época
de la edición mutilada de la novela, publicada en
Estados Unidos sin la autorización del autor, entre
cuyos firmantes figuran Ramón Gómez de la Serna, Juan
Ramón Jiménez, Antonio Machado, Gabriel Miró, Ortega
y Gasset, Alfonso Reyes y Miguel de Unamuno, amén de
Antonio Marichalar; la carta del propio Joyce al editor
(y censor) estadounidense; las actas de la resolución
del Tribunal de Nueva York sobre la presunta obscenidad
del texto. Como los asiduos de la obra joyciana saben, Ulises
fue impreso primero en 1922 y 1923, en ediciones
numeradas de mil, dos mil y de quinientos ejemplares,
hasta que la audaz propietaria de la librería
parisiense Shakespeare and Company, la ya inmortal
Silvia Beach, se lanzó a la aventura de publicarlo en
edición normal un año después.
La primera edición sin cortes no se imprimió en
Norteamérica sino en 1934 y en Inglaterra, dos años más
tarde.
(El
forcejeo de Joyce con la censura puritana había
comenzado mucha antes. Como recuerda Richard Ellmann en
su exigente y rigurosa biografía del autor, la impresión
de Gente de Dublín fue adquirida íntegramente por un
desconocido que a continuación la quemó. La eterna
enemistad del poder con la literatura se cobró
numerosas víctimas durante la primera mitad del pasado
siglo, no sólo en la Alemania nazi, la Rusia de Stalin
y la España de Franco, sino también en los países
anglosajones).
Revolución
del Ulises
La
revolución del Ulises sacudió la novela de su
tiempo y como un movimiento sísmico, se extendió por
el mundo literario de Europa y Estados Unidos. Sin ir más
lejos, la obra de Faulkner, Svevo y Beckett no hubiera
sido posible sin ella. En España, su recepción fue
mucho más tardía y no se manifestó con provecho hasta
Larva, la fascinante y compleja novela de Julián
Ríos.
Se
ha hablado mucho en nuestros medios del "monólogo
interior" joyciano. A mi entender, el término acuñado
por la crítica al uso peca de una inexactitud y,
consciente de su dudoso estatus, lo he empleado siempre
con cierto desasosiego. Antonio Marichalar, nuestro
primer estudioso del Ulises, acertó plenamente
en su análisis, expuesto en el antecitado prólogo a la
traducción del Retrato:
"Si
prestamos atención a un soliloquio de esta clase,
pronto percibiremos, en un manso fluir de su curso, un
nutrido y confuso clamoreo, causado por la pluralidad de
voces que se alzan por dondequiera y que, aunque forman
una sola, denuncian la existencia de un tupido trenzado
de cruces y contactos en apresurada sucesión".
Exacto:
en la narración joyciana, como en Faulkner y otros
escritores entre los que modestamente yo me incluyo, el
supuesto monólogo pasa de una voz a otra sin salir del
autor mismo: es el reino de la polifonía, a la escucha
de las voces del mundo.
La
recepción de Ulises en España en el transcurso
de las últimas décadas va ligada estrechamente a la
labor crítica y novelesca de Julián Ríos.
La bellísima edición del Circulo de Lectores,
con dibujos de Eduardo Arroyo, es un espléndido
homenaje al humor e inventiva del autor irlandés,
homenaje coronado con la publicación de Casa Ulises
en 2003. El lector de Joyce
tiene el singular privilegio de acompañar al autor de Monstruario
y La vida sexual de las palabras en su solitario
«viaje al fin de la noche» de Dublín, en el que,
pieza por pieza y galería por pasadizo, rehace el
laberinto verbal de la Odisea de nuestros tiempos, esa
singular Enciclopedia de conocimientos que es la obra de
Joyce.
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