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"Leer a Joyce". 

Por Mariano Antolín Rato, en El Mundo (20-dic-99). 

 

 

Que nadie se llame a engaño. La lectura de Joyce requiere atención, y bastante sostenida. Sobre todo al encarar por primera vez la prosa enrarecida que se expande sobre sus páginas. La narración resulta desconcertante y, al tiempo, inevitable, maliciosamente atractiva.

Para disfrutar sin prejuicios de ella, es preciso renunciar a cualquier pretensión de entender de modo inmediato lo que cuenta. Entonces se empiezan a tener breves atisbos de una historia de colosos que no tarda en revelar un mundo preciso; y muy cotidiano.

Fragmentaria, fulgurante en ocasiones, sincopada y lapidaria, termina por avasallar. Y de repente, una observación marginal proporciona un toque irónico, humorístico, y hace que uno se sorprenda de lo en serio que se estaba tomando las cosas. Continuar fascinado por esa alternancia de cotidianidad y ecos míticos hace entrar, como partícipe también, en una de las aventuras literarias más insólitas y estimulantes de las que se tenga noticia. Uno enseguida se encuentra viajando por un universo turbulento que se ha concretado en la ciudad de Dublín. Un espacio urbano que, simultáneamente, es espacio de la memoria, la emoción y la propia vida llevada a un libro y protagonizada por unos seres humanos en busca de sentido a la existencia. Y al apartar la vista, para tomarse un respiro, se impone la sensación de que los esfuerzos iniciales han merecido la pena. Luego, se sigue leyendo con el placer y la excitación propias del que sabe que está jugando fuerte.

Joyce es uno de los maestros reconocidos de la narrativa del siglo XX. Algunos entusiastas de su obra llegan a ser tan radicales como para afirmar que hay un antes y un después de Ulises. Y no faltan exaltados que proclaman que la novela murió con esa novela, la más famosa de Joyce.

Especialistas y eruditos diversos han publicado guías para la lectura de Joyce, estudios sobre sus correspondencias con la Odisea de Homero, trabajos plagados de notas doctas sobre su lenguaje, sus relaciones con el simbolismo, el surrealismo, el psicoanálisis, el cine, la música, el ocultismo y hasta la televisión, que todavía no existía.

Joyce probablemente sea el autor de este siglo que ha merecido mayor atención crítica. Todo lo cual estimula la curiosidad, claro, pero también echa para atrás, es innegable. Da la impresión de que leer a Joyce va a ser más cuestión de estudio que de placer.

Conviene, por tanto, ignorar en lo posible todas esas instrucciones de uso tan documentadas, y emprender la aventura de Joyce sin otro bagaje que una capacidad para la lectura de corrido y una inclinación hacia los libros que no sean estupefacientes, sino estimulantes. Los relatos contenidos en Dublineses no van a sorprender tanto. Ofrecen fragmentos de vidas de personajes del Dublín de casi hace 100 años, con sus miserias y pocas grandezas. Predomina la mirada piadosa, sin embargo, al tratar de unos niños y unos adultos sumidos en lo que Joyce llama «la parálisis de Irlanda», una especie de acorazamiento frente a lo que no sean sus pequeñas inquietudes provincianas.

También manifiestan un nacionalismo aldeano y una visión crucificada por los prejuicios de la Iglesia católica. En el momento en que se publicó, Dublineses, allá por 1914, supuso un escándalo y la primera edición fue adquirida por alguien que seguidamente la quemó en un intento por evitar que se hicieran públicas tales lamentables situaciones. Joyce abandonó a raíz de eso su país natal para siempre.

Después publicó El artista adolescente, una novela donde ya utilizaba lo que se llamó monólogo interior y, mejor aún, corriente o flujo de conciencia. Con este procedimiento literario, Joyce, escritor realista e incluso naturalista en todo momento, intentaba reproducir lo que pasaba por la mente de una persona en el mismo momento que lo captaba. Y así va deplegando un relato donde el lector se entera de lo que hacen, piensan, sienten unos personajes a través de las percepciones instantáneas, a veces luminosas, de un joven estudiante irlandés. Un joven educado con los jesuitas que comete un pecado imperdonable de soberbia al negarse a servir a amo o Señor alguno, por muy alto que esté y por muchas mayúsculas que lleven Su nombre y los adjetivos y pronombres que a El se refieren.

Joyce mismo se encargó de proclamar esto por boca propia, pero de modo especialmente llamativo en sus libros. En Ulises, sin ir más lejos, su novela siguiente, donde retoma a ese mismo personaje, Stephen Dedalus, con unos pocos años más. Seguimos en Dublín, una ciudad que Joyce jamás dejó mentalmente, y un día de junio Stephen inicia un recorrido que culminará en casa del otro protagonista del libro, Leopold Bloom. Antes hubo descensos a infiernos que son casas de putas, discusiones sobre Hamlet, jovencitas con faldas al viento, contactos y rechazos entre los habitantes de una ciudad que es un cosmos.

Los procedimientos narrativos, en los que predomina el monólogo interior, son muy variados. Ponen a prueba la capacidad de asimilación por parte del lector de una totalidad que hoy, en este mundo de comercio global y personalidades estancas, suena un tanto a pretenciosa. Pero, en cualquier caso, le han proporcionado unas horas de gozoso vapuleo sensorial y le han hecho dudar de que su visión de la realidad sea tan real como pensaba. Algo que, sin duda, le dejará marcado para siempre. Cuidado, entonces, con Joyce quienes no estén dispuestos a correr el riesgo de que sus esquemas literarios queden hechos trizas.

El que aún tenga arrestos, puede tratar de sumergirse en el mundo de la noche que ofrece, en un idioma inventado por el propio Joyce, Finnegan's Wake, su última novela, publicada en 1939.

 

 

 

 

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