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Que
nadie se llame a engaño. La lectura de Joyce requiere
atención, y bastante sostenida. Sobre todo al encarar
por primera vez la prosa enrarecida que se expande sobre
sus páginas. La narración resulta desconcertante y, al
tiempo, inevitable, maliciosamente atractiva.
Para
disfrutar sin prejuicios de ella, es preciso renunciar a
cualquier pretensión de entender de modo inmediato lo
que cuenta. Entonces se empiezan a tener breves atisbos
de una historia de colosos que no tarda en revelar un
mundo preciso; y muy cotidiano.
Fragmentaria,
fulgurante en ocasiones, sincopada y lapidaria, termina
por avasallar. Y de repente, una observación marginal
proporciona un toque irónico, humorístico, y hace que
uno se sorprenda de lo en serio que se estaba tomando
las cosas. Continuar fascinado por esa alternancia de
cotidianidad y ecos míticos hace entrar, como partícipe
también, en una de las aventuras literarias más insólitas
y estimulantes de las que se tenga noticia. Uno
enseguida se encuentra viajando por un universo
turbulento que se ha concretado en la ciudad de Dublín.
Un espacio urbano que, simultáneamente, es espacio de
la memoria, la emoción y la propia vida llevada a un
libro y protagonizada por unos seres humanos en busca de
sentido a la existencia. Y al apartar la vista, para
tomarse un respiro, se impone la sensación de que los
esfuerzos iniciales han merecido la pena. Luego, se
sigue leyendo con el placer y la excitación propias del
que sabe que está jugando fuerte.
Joyce
es uno de los maestros reconocidos de la narrativa del
siglo XX. Algunos entusiastas de su obra llegan a ser
tan radicales como para afirmar que hay un antes y un
después de Ulises. Y no faltan exaltados que proclaman
que la novela murió con esa novela, la más famosa de
Joyce.
Especialistas
y eruditos diversos han publicado guías para la lectura
de Joyce, estudios sobre sus correspondencias con la
Odisea de Homero, trabajos plagados de notas doctas
sobre su lenguaje, sus relaciones con el simbolismo, el
surrealismo, el psicoanálisis, el cine, la música, el
ocultismo y hasta la televisión, que todavía no existía.
Joyce
probablemente sea el autor de este siglo que ha merecido
mayor atención crítica. Todo lo cual estimula la
curiosidad, claro, pero también echa para atrás, es
innegable. Da la impresión de que leer a Joyce va a ser
más cuestión de estudio que de placer.
Conviene,
por tanto, ignorar en lo posible todas esas
instrucciones de uso tan documentadas, y emprender la
aventura de Joyce sin otro bagaje que una capacidad para
la lectura de corrido y una inclinación hacia los
libros que no sean estupefacientes, sino estimulantes.
Los relatos contenidos en Dublineses no van a sorprender
tanto. Ofrecen fragmentos de vidas de personajes del
Dublín de casi hace 100 años, con sus miserias y pocas
grandezas. Predomina la mirada piadosa, sin embargo, al
tratar de unos niños y unos adultos sumidos en lo que
Joyce llama «la parálisis de Irlanda», una especie de
acorazamiento frente a lo que no sean sus pequeñas
inquietudes provincianas.
También
manifiestan un nacionalismo aldeano y una visión
crucificada por los prejuicios de la Iglesia católica.
En el momento en que se publicó, Dublineses, allá por
1914, supuso un escándalo y la primera edición fue
adquirida por alguien que seguidamente la quemó en un
intento por evitar que se hicieran públicas tales
lamentables situaciones. Joyce abandonó a raíz de eso
su país natal para siempre.
Después
publicó El artista adolescente, una novela donde ya
utilizaba lo que se llamó monólogo interior y, mejor aún,
corriente o flujo de conciencia. Con este procedimiento
literario, Joyce, escritor realista e incluso
naturalista en todo momento, intentaba reproducir lo que
pasaba por la mente de una persona en el mismo momento
que lo captaba. Y así va deplegando un relato donde el
lector se entera de lo que hacen, piensan, sienten unos
personajes a través de las percepciones instantáneas,
a veces luminosas, de un joven estudiante irlandés. Un
joven educado con los jesuitas que comete un pecado
imperdonable de soberbia al negarse a servir a amo o Señor
alguno, por muy alto que esté y por muchas mayúsculas
que lleven Su nombre y los adjetivos y pronombres que a
El se refieren.
Joyce
mismo se encargó de proclamar esto por boca propia,
pero de modo especialmente llamativo en sus libros. En
Ulises, sin ir más lejos, su novela siguiente, donde
retoma a ese mismo personaje, Stephen Dedalus, con unos
pocos años más. Seguimos en Dublín, una ciudad que
Joyce jamás dejó mentalmente, y un día de junio
Stephen inicia un recorrido que culminará en casa del
otro protagonista del libro, Leopold Bloom. Antes hubo
descensos a infiernos que son casas de putas,
discusiones sobre Hamlet, jovencitas con faldas al
viento, contactos y rechazos entre los habitantes de una
ciudad que es un cosmos.
Los
procedimientos narrativos, en los que predomina el monólogo
interior, son muy variados. Ponen a prueba la capacidad
de asimilación por parte del lector de una totalidad
que hoy, en este mundo de comercio global y
personalidades estancas, suena un tanto a pretenciosa.
Pero, en cualquier caso, le han proporcionado unas horas
de gozoso vapuleo sensorial y le han hecho dudar de que
su visión de la realidad sea tan real como pensaba.
Algo que, sin duda, le dejará marcado para siempre.
Cuidado, entonces, con Joyce quienes no estén
dispuestos a correr el riesgo de que sus esquemas
literarios queden hechos trizas.
El
que aún tenga arrestos, puede tratar de sumergirse en
el mundo de la noche que ofrece, en un idioma inventado
por el propio Joyce, Finnegan's Wake, su última novela,
publicada en 1939.
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