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James
Joyce afrontó esta colección de relatos con la
pretensión de mantenerse en la más estricta fidelidad
posible en lo referente a sus conciudadanos. Con «Dublineses»,
que mañana se vende con el diario EL MUNDO por 225
pesetas más, el escritor quería retratar la vida «paralítica»
de sus paisanos a través de unas instantáneas
intensas, vertiginosas y audaces. Considerada su mejor
obra, uno de sus relatos, concretamente, «Los muertos»,
fue llevado al cine por el director John Huston. Así,
el norteamericano puso en imágenes una obra maestra de
la literatura con una sobrecogedora fidelidad a la
palabra.
Es
probable que este libro sea el mejor de James Joyce
(Dublín, 1882-Zúrich, 1941), por muy inverosímil, inútil
e incluso gratuita que resulte semejante afirmación.
Sería más exacto decir que es el primero y el último.
Está
escrito entre la corta temporada que Joyce pasó en París
(1902) bajo el pretexto de iniciar unos estudios de
Medicina que abandonó casi inmediatamente, aunque no
sin provecho, y el comienzo de su exilio en Trieste,
Pola y Roma (1904-1907), sobreviviendo a base de su
escaso talento para ganarse la vida -con la enseñanza
del inglés o en cualquier otro empleo- y del alarde de
su desenvoltura en el arte inmisericorde del sablazo.
George
Russell le había ofrecido pagarle una libra esterlina
por cada uno de los relatos que le entregara para la
revista de la que era editor, The Irish Homestead.
Sólo publicó los tres primeros, Las hermanas, Eveline
y Después de las carreras. La reacción de sus
lectores lo obligó a suspender la oferta, y puso a
Joyce a residir ya para siempre en la conciencia de que
Irlanda, además de ser «la cerda que devora su
lechigada», podía definir el punto geográfico del que
mantenerse a toda costa alejado si lo que pretendía era
«alcanzar la conciencia increada de su raza».
Aún
volvió una vez más a su patria, y lo hizo con una
intención y un proyecto. Intentaba lograr de algún
editor la publicación de sus relatos, y no lo logró.
Tampoco consiguió la mínima posibilidad para su
proyecto de crear una cadena de cinematógrafos. Cines
Volta hubiera llamado a sus salones para la exhibición
del arte del siglo XX.
Antes
he dicho que Dublineses es también su último libro.
Quizá podría decir que incluso el único. Es muy
probable que nadie haya hecho más por Joyce y toda su
literatura que John Huston cuando llevó a la pantalla
el último de los relatos que componen Dublineses. El
cine suele conseguir esa cota que consiste en colocar la
obra de un autor allí donde no pudo llegar con sus
libros. Y el relato Los muertos es un ejemplo de lo que
mantengo. No son tantas las ocasiones en que un maestro
del cine en la cumbre de su carrera decide poner en imágenes
una obra maestra de la literatura, y lo hace con
sobrecogedora fidelidad a la palabra. Huston supo
hacerlo, y, así, hizo del primer libro de James Joyce
el último en llegar a una resonancia masiva;
probablemente el único.
James
Joyce afrontó los relatos de Dublineses con la intención
de mantenerse en la más estricta fidelidad posible a la
gente de Dublín. Pretendía retratar la vida «paralítica»
de sus conciudadanos, sirviéndose de unas instantáneas
a las que llamó epifanías por el carácter intenso,
vertiginoso y audaz de su revelación. También buscaba
el modo de redimir la naturaleza costumbrista de sus
materiales mediante una imaginación que hiciera
evidente un cierto tipo de verdad.
Para
Joyce, la literatura tiene más que ver con la verdad
que con el artificio literario, por más que sea éste,
el artificio, el que persiga la verdad hasta colocarla
bajo la luz de lo evidente sugerido o de la sugerencia
evidente.
En
ese sentido, Joyce era un apasionado de la verdad. Y su
pasión era tan enfermiza como suelen serlo todas: una
enfermedad o una pasión que se muerde la cola, porque
la verdad es infinita, como su capacidad para ocultarse
en sí misma y de sí misma. Hay mucha más mentira en
la verdad que verdad en la mentira. El hombre no suele
tropezar dos veces con la misma verdad, al igual que Heráclito
tampoco pudo bañarse dos veces en el mismo río (si es
que llegó a hacerlo una tan sólo). Lo normal es
tropezar casi siempre con la misma mentira, por no decir
que la vida quizá no es otra cuestión que la
excrecencia mentirosa de una verdad entrevista en el sueño
o en el delirio o en el éxtasis del iluminado. Ese sería
entonces el sentido -o uno de los sentidos- de la epifanía.
Puede
que no haya otra verdad que la grabada o impresa, sin
que quepa vuelta de hoja, en eso que conocemos y nos
imaginamos como el código genético, el artificio básico
de la vida y del que derivan todos y cada uno de los
procesos vitales que acaban con ella. Puede que la vida
y la muerte no sean sino los artificios aparenciales de
algo con lo que la vida y la muerte guarden una relación
similar a la del tiempo con la eternidad.
Joyce
ignoraba semejantes adelantos de la ciencia, pero sabía
e intuía una posibilidad de realidades para las que no
siempre hay palabras, aunque no tengamos más que
palabras para rastrear sus sentidos y atraparlos a
veces. Sabía que vaya por donde vaya la vida, sus
significados sólo surgen en ocasiones, en las
encrucijadas de los vagabundeos, en el destino de un día
cualquiera, en la sensación presentida o en el
repentino recuerdo de lo olvidado, en el polvo que jamás
deja de caer «sobre todos los vivos y los muertos».
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