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"Un apasionado de la verdad". 

Por Eduardo Chamorro, en El Mundo (20-dic-99). 

 

 

James Joyce afrontó esta colección de relatos con la pretensión de mantenerse en la más estricta fidelidad posible en lo referente a sus conciudadanos. Con «Dublineses», que mañana se vende con el diario EL MUNDO por 225 pesetas más, el escritor quería retratar la vida «paralítica» de sus paisanos a través de unas instantáneas intensas, vertiginosas y audaces. Considerada su mejor obra, uno de sus relatos, concretamente, «Los muertos», fue llevado al cine por el director John Huston. Así, el norteamericano puso en imágenes una obra maestra de la literatura con una sobrecogedora fidelidad a la palabra.

Es probable que este libro sea el mejor de James Joyce (Dublín, 1882-Zúrich, 1941), por muy inverosímil, inútil e incluso gratuita que resulte semejante afirmación. Sería más exacto decir que es el primero y el último.

Está escrito entre la corta temporada que Joyce pasó en París (1902) bajo el pretexto de iniciar unos estudios de Medicina que abandonó casi inmediatamente, aunque no sin provecho, y el comienzo de su exilio en Trieste, Pola y Roma (1904-1907), sobreviviendo a base de su escaso talento para ganarse la vida -con la enseñanza del inglés o en cualquier otro empleo- y del alarde de su desenvoltura en el arte inmisericorde del sablazo.

George Russell le había ofrecido pagarle una libra esterlina por cada uno de los relatos que le entregara para la revista de la que era editor, The Irish Homestead. Sólo publicó los tres primeros, Las hermanas, Eveline y Después de las carreras. La reacción de sus lectores lo obligó a suspender la oferta, y puso a Joyce a residir ya para siempre en la conciencia de que Irlanda, además de ser «la cerda que devora su lechigada», podía definir el punto geográfico del que mantenerse a toda costa alejado si lo que pretendía era «alcanzar la conciencia increada de su raza».

Aún volvió una vez más a su patria, y lo hizo con una intención y un proyecto. Intentaba lograr de algún editor la publicación de sus relatos, y no lo logró. Tampoco consiguió la mínima posibilidad para su proyecto de crear una cadena de cinematógrafos. Cines Volta hubiera llamado a sus salones para la exhibición del arte del siglo XX.

Antes he dicho que Dublineses es también su último libro. Quizá podría decir que incluso el único. Es muy probable que nadie haya hecho más por Joyce y toda su literatura que John Huston cuando llevó a la pantalla el último de los relatos que componen Dublineses. El cine suele conseguir esa cota que consiste en colocar la obra de un autor allí donde no pudo llegar con sus libros. Y el relato Los muertos es un ejemplo de lo que mantengo. No son tantas las ocasiones en que un maestro del cine en la cumbre de su carrera decide poner en imágenes una obra maestra de la literatura, y lo hace con sobrecogedora fidelidad a la palabra. Huston supo hacerlo, y, así, hizo del primer libro de James Joyce el último en llegar a una resonancia masiva; probablemente el único.

James Joyce afrontó los relatos de Dublineses con la intención de mantenerse en la más estricta fidelidad posible a la gente de Dublín. Pretendía retratar la vida «paralítica» de sus conciudadanos, sirviéndose de unas instantáneas a las que llamó epifanías por el carácter intenso, vertiginoso y audaz de su revelación. También buscaba el modo de redimir la naturaleza costumbrista de sus materiales mediante una imaginación que hiciera evidente un cierto tipo de verdad.

Para Joyce, la literatura tiene más que ver con la verdad que con el artificio literario, por más que sea éste, el artificio, el que persiga la verdad hasta colocarla bajo la luz de lo evidente sugerido o de la sugerencia evidente.

En ese sentido, Joyce era un apasionado de la verdad. Y su pasión era tan enfermiza como suelen serlo todas: una enfermedad o una pasión que se muerde la cola, porque la verdad es infinita, como su capacidad para ocultarse en sí misma y de sí misma. Hay mucha más mentira en la verdad que verdad en la mentira. El hombre no suele tropezar dos veces con la misma verdad, al igual que Heráclito tampoco pudo bañarse dos veces en el mismo río (si es que llegó a hacerlo una tan sólo). Lo normal es tropezar casi siempre con la misma mentira, por no decir que la vida quizá no es otra cuestión que la excrecencia mentirosa de una verdad entrevista en el sueño o en el delirio o en el éxtasis del iluminado. Ese sería entonces el sentido -o uno de los sentidos- de la epifanía.

Puede que no haya otra verdad que la grabada o impresa, sin que quepa vuelta de hoja, en eso que conocemos y nos imaginamos como el código genético, el artificio básico de la vida y del que derivan todos y cada uno de los procesos vitales que acaban con ella. Puede que la vida y la muerte no sean sino los artificios aparenciales de algo con lo que la vida y la muerte guarden una relación similar a la del tiempo con la eternidad.

Joyce ignoraba semejantes adelantos de la ciencia, pero sabía e intuía una posibilidad de realidades para las que no siempre hay palabras, aunque no tengamos más que palabras para rastrear sus sentidos y atraparlos a veces. Sabía que vaya por donde vaya la vida, sus significados sólo surgen en ocasiones, en las encrucijadas de los vagabundeos, en el destino de un día cualquiera, en la sensación presentida o en el repentino recuerdo de lo olvidado, en el polvo que jamás deja de caer «sobre todos los vivos y los muertos».

 

 

 

 

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