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"El esquema de Ulises, según Leopold Bloom

Por Eduardo Chamorro, en Revista Leer (junio-04).

 

 

Ulises  es una novela de argumento tan diluido y poroso como el paso del tiempo o como el inasible argumento de ese paso. Fue escrita en una época en la que, con el espacio al alcance de la mano del hombre, y más o menos cerrado en la concepción de su dimensión y en las perspectivas para pensarlo, se entró a considerar el tiempo como si fuera el escenario en el que tienen lugar los espacios y se cuentan las cosas que en ellos se suceden, se tocan, mezclan y alteran para separarse transformadas o como si no hubiera pasado cosa alguna, salvo ese tiempo diluido, poroso e inasible que son las cosas mientras son y duran.

Joyce planteó su novela como una encrucijada en la que todo se mueve, nada quiere ser la misma y única cosa y nadie es quien es sino todos los que antes fueron, todos los que son y cuantos serán sea donde sea y como sea que sean. Ulises es, entre toda la galería de sus posibilidades, el ferviente chisporroteo de la volatina con la que el trapecista salta del Yo soy el que soy de las Sagradas Escrituras al Yo soy cualquiera que diga o haya dicho Yo de la escritura profana que viene a ser toda la Literatura buena o mala, publicada, inédita o, simplemente, soñada.

No es un pensamiento nuevo ni una imaginación original. Está presente en buena parte del pensamiento neoplatónico y de la inteligencia pública, privada y clandestina del Renacimiento, así como en la llamada filosofía oculta de los isabelinos, en el planteamiento y las interpretaciones de los misticismos de Oriente y Occidente, y en todo el suntuoso despliegue de la teosofía. Joyce decidió sujetar tan poliédrico panorama de especulaciones a un relato o discurso o parloteo que comienza a las ocho de la mañana con la palabra Imponente y termina a una hora indeterminada de la noche con la palabra Sí.

Imponente es el rollizo Buck Mulligan que se afeita en ese principio como si oficiara en lo alto de la torre Martelo que comparte con Stephen Dedalus. Introibo ad altare Dei es el primer parlamento de esta novela. A esa misma hora, Leopold Bloom prepara su desayuno, el de su esposa, Molly, y, de paso, el de la gata. Luego se aliviará el vientre leyendo el periódico e imaginando relatos antes de emprender un día de trabajo sumamente dudoso, porque lo que en realidad hace Leopold Bloom es zascandilear, haraganear, fisgonear y mecerse en el vaivén de las corrientes que arrastran su conciencia.

Buck Mulligan es un personaje secundario, como también lo es Stephen Dedalus e incluso el propio Leopold Bloom, el Ulises errante en el Dublín y la Irlanda a la que llegaron los antiguos Pueblos del Mar convertidos en celtas, es decir, en pura leyenda, en ese material del que the dreams are made of. Molly Bloom es el único personaje que no es secundario en este universo de eternos comparsas. Ella es Penélope y Gea. Ella no se mueve de la cama. Ella es ardiente, perspicaz y tenuemente puta-como lo somos todos, más o menos. Es judía y nació en Gibraltar, hija de la española Lunita Laredo (lo que demuestra que Joyce sabía escoger los nombres, las palabras y los sonidos, también en aquellas lenguas que no dominaba.

Así comienza a quel 16 de junio de 1904 cuya peripecia transcurre "acogida y rechazada" no por el mismo cielo al que se refería Shakespeare, sino por cuantos dublineses irlandeses, creyentes y no creyentes, mártires y golfos, santos y canallas, analfabetos y lectores asisten al drama o lo atraviesan conscientemente y casi siempre de una manera casual, pues esta novela es, también, una enciclopedia de casualidades.

Del Ulises de Joyce se ha dicho que es un relato costumbrista, y no hay dónde ni por qué negarlo. También se ha dicho que es una epopeya contemporánea en la que se presenta el arquetipo del antihéroe-del siglo XX, un personaje merodeador de anonimatos, con todos los atributos del camaleón y las propiedades del caleidoscopio imprescindible para el instinto de supervivencia adecuado a las circunstancias de su época,: con el espíritu tan atribulado como es usual en cualquier tiempo y lugar, y la moral tan dispuesta al sarcasmo y al disfraz como convenga a su salud psicológica, más bien mermada.

El antihéroe no es la contrafigura del héroe porque le falta valor, coraje, iniciativa y astucias (cualidades que habitualmente le sobran), sino porque está enfermo, circunstancia que le obliga a colocar todos sus vicios y virtudes en las dosis más idóneas a las condiciones de presión y temperatura en que se desenvuelve su vida.  El héroe es siempre un ejemplo de salud, de una salud cuya pérdida se hizo evidente en cuanto el romanticismo decidió pasear la melancolía de su disimulo por la penumbra de las ruinas y los camposantos. El fantasma es un muerto saludable. El vampiro es una insalubridad erótica y con alas, prendida a la metamorfosis de su cuerpo y a la metempsicosis de su alma.

El vampiro es uno de los personajes más sigilosos del Ulises. Es una flecha que atraviesa el tiempo y el espacio, que espía, se introduce y chupa, que cambia de forma y mantiene su sustancia en la rueda infinita y eterna de las transmigraciones, tan adherido a la sombra como enemigo de la luz. Es la imagen de una religión pagana y salvaje que no formula salvación alguna porque es la consagración de una condena: la de la Vida-en-la-Muer-te y la de la Muerte-en-la-Vida. Su imaginación se nutre de una línea seminal biológicamente eterna inscrita en lo que hay en el último ser vivo del semen del primer varón que procreó. Es lo que hay de vida en una eterna acumulación de muerte a lo largo del Tiempo, de ese tiempo que es lo que pasa cuando lo que pasa es la vida.

Joyce es un arquetipo de ese vampiro entendido como formulación del novelista que absorbe la vida de los demás para poner por escrito la propia o la de quien le venga en gana. No es un ser poseído sino posesor. Una afirmación tan tajante como para desconcertar a Leopold Bloom al oírsela a Stephen Dedalus. Ambos acaban de salir del burdel en el que la Circe homérica de Dublín ha lanzado sobre ellos toda la malla de sus alucinaciones. Dedalus está borracho y bajo los efectos del mamporro que le acaba de arrear un soldado británico, y Bloom padece aún las sacudidas de una tensión sexual angustiosa y maltrecha. Para Bloom, marginado e insultado como judío por un energúmeno del que tuvo que huir a bordo de un carruaje, Dedalus representa el esfuerzo intelectual entregado a la causa de una Irlanda renovada y plena. Pero Dedalus no lo ve así.

"-Yo sospecho -le interrumpió Stephen- que Irlanda debe de ser importante porque me pertenece.

-¿Qué es lo que le pertenece? -inquirió el señor Bloom inclinándose, imaginando que quizá había entendido mal. Discúlpeme. Desgraciadamente, no he oído la última parte. ¿Qué ha sido lo que usted...?

    Evidentemente molesto, Stephen empujó a un lado su taza de café o de lo que se quiera y agregó con escasa cortesía:

-No podemos cambiar de país. Cambiemos de tema.

En esta novela se cambia de tema constantemente, como no podía ser menos en un relato que busca ser la crónica de una errancia entre un desarraigo y otro, entre las múltiples encrucijadas cotidianas del desamparo y del fracaso. Bloom es el hijo de un judío húngaro establecido en Inglaterra, donde se suicidó, y el padre de un hijo muerto. Dedalus es el afilado y educadísimo discípulo de los jesuítas que fue incapaz de rezar ante el lecho de muerte de su madre, que se lo imploraba.

Dedalus es un Telémaco renuente, astuto, orgulloso y rebosante de arrogancia. No quiere regresar a Itaca. Lo que quiere es recibirla en sus brazos como artífice de la "increada conciencia de mi raza”.  Bloom acaricia el proyecto de ofrecerle cobijo a cambio de que enseñe italiano a su esposa, a esa Penélope que teje amoríos sin moverse del lecho. Dedalus declina la oferta y Bloom se queda sólo en su casa, donde pasa revista al Universo mientras rememora los acontecimientos del día, la peripecia de esta novela llamada Ulises.

Joyce ofreció un primer esquema argumental a Cario Linati en 1920, y envió otro, un año después, a Jacques Benoist-Méchin, que fue el publicado por Stuart Gilbert en 1931. Pero hay un tercero que, en realidad, es el primero o más inmediato, pues es el que se hace de sí mismo Bloom a una hora incierta de la madrugada del viernes, 17 de junio de 1904:

"La preparación del desayuno (ofrenda quemada), congestión intestinal y premeditada defecación (sanctasanctórum); el baño (rito de San Juan); el entierro (rito de Samuel); el anuncio de Alexander Keyes (Urin yThummin); el almuerzo insustancial (rito de Melquisedec); la visita al museo y a la biblioteca nacional (lugar santo); la cacería del libro a lo largo de Bedford Row, Merchants Aren, Wellington Quay (Simclath Torah); la música en el Ormond Hotel (Shira Shirim); el altercado con el truculento troglodita en el local de Bernard Kiernan (holocausto); un período de tiempo en blanco incluyendo un paseo en coche, una visita a una casa de duelo, una despedida (desierto); el erotismo producido por un exhibicionismo femenino (rito de Onán); el parto laborioso de la señora Mina Purefoy (elevación de la ofrenda); la visita a la casa de vicio de la señora Bella Cohén, 82 Tyrone Street, Lower, y el subsiguiente alboroto y reyerta en defensa propia en Bea-ver Street (Armageddon); la deambulación nocturna hacia y desde el refugio de los cocheros, Butt Bridge (expiación)”.

Todo eso es lo que le ocurre a Bloom a lo largo del día según el modo que tiene de entenderlo antes de regresar a la Itaca del lecho matrimonial en el que sus miembros, al extenderse, encuentran: "Blanca ropa limpia recién cambiada, olores adicionales; la presencia de una forma humana, femenina, la de ella; la huella de una forma humana, masculina, no la de él.”

Semejante resumen, planteado como una procesión de rituales, como el esquema de una liturgia, es lógico en una novela que, acusada de pornográfica y blasfema, censurada y perseguida, es, sin embargo, el cabal testimonio de un hombre tan juguetón y travieso con las creencias religiosas como atrapado en el misterio religioso, sea éste, el misterio religioso, descrito por Shakespeare, por el narrador de las Sagradas Escrituras o por el no menos elusivo de Las Mil Noches y Una Noche.

Leopold Bloom es la carne, la sangre y los huesos del más auténtico y desconcertado despiste. Su alma, reencarnada o no; su espíritu, en transmigración o donde quiera que se encuentre, son la materia o el viento de un peregrinaje tan encadenado a la carne como a las pesquisas en torno a cuestiones implanteables.

Pregunta: "¿Qué autoevidente enigma meditado con inconexa constancia durante 30 años, al producirse la oscuridad natural por la extinción de la luz artificial, percibió Bloom silenciosamente?”.

Respuesta: "¿Dónde estaba Moisés cuando se apagó la vela?”

    Y, más adelante:

Pregunta: "¿Con quién ha viajado Bloom?"

Respuesta:. "Simbab el Sarino y Mimbad el Marino yTimbad el Tarino y Jimbad el Jarino y Whimbad el Wharino y Nimbad el Narino y Fimbad el Panno y Bimbad el Barino y Pimbad el Parino y Rimbad el Rarino... Oscuridad el Luciferino"

    Es la melopea previa a la de Molly Bloom en su lecho inmóvil. Y es, también, la más propia de un tránsfuga de las definiciones del alma, de sus premios o castigos y de la moneda en que se reciban los unos y se paguen las otras.

Bloom es el hijo de un judío convertido al protestantismo, que se hizo católico al casarse con Molly Bloom. Es un saco andante de culpas sin redención alguna, como la mota de polvo atraída y rechazada por el universo del que procede y cuyo cobijo anhelará eternamente. Su único consuelo es medir en inauditas vinculaciones y metáforas, así como en eones hindúes, en parasangas persas o en los insondables centímetros con que se miden las constelaciones, los instantes que van del desayuno servido a su esposa en la mañana, al lecho de su esposa por la noche, que le dirá que sí quiero sí. Porque ella es la única Tierra que tiene el peregrino para sus pasos y para medir sus huellas, imaginarlas o soñarlas, tal vez. Sólo o en compañía de otros.

 

 

 

 

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