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Ulises
es una novela de argumento tan diluido y poroso
como el paso del tiempo o como el inasible argumento de
ese paso. Fue escrita en una época en la que, con el
espacio al alcance de la mano del hombre, y más o menos
cerrado en la concepción de su dimensión y en las
perspectivas para pensarlo, se entró a considerar el
tiempo como si fuera el escenario en el que tienen lugar
los espacios y se cuentan las cosas que en ellos se
suceden, se tocan, mezclan y alteran para separarse
transformadas o como si no hubiera pasado cosa alguna,
salvo ese tiempo diluido, poroso e inasible que son las
cosas mientras son y duran.
Joyce
planteó su novela como una encrucijada en la que todo
se mueve, nada quiere ser la misma y única cosa y nadie
es quien es sino todos los que antes fueron, todos los
que son y cuantos serán sea donde sea y como sea que
sean. Ulises es, entre toda la galería de sus
posibilidades, el ferviente chisporroteo de la volatina
con la que el trapecista salta del Yo soy el que soy de
las Sagradas Escrituras al Yo soy cualquiera que diga o
haya dicho Yo de la escritura profana que viene a ser
toda la Literatura buena o mala, publicada, inédita o,
simplemente, soñada.
No
es un pensamiento nuevo ni una imaginación original.
Está presente en buena parte del pensamiento neoplatónico
y de la inteligencia pública, privada y clandestina del
Renacimiento, así como en la llamada filosofía oculta
de los isabelinos, en el planteamiento y las
interpretaciones de los misticismos de Oriente y
Occidente, y en todo el suntuoso despliegue de la teosofía.
Joyce decidió sujetar tan poliédrico panorama de
especulaciones a un relato o discurso o parloteo que
comienza a las ocho de la mañana con la palabra
Imponente y termina a una hora indeterminada de la noche
con la palabra Sí.
Imponente
es el rollizo Buck Mulligan que se afeita en ese
principio como si oficiara en lo alto de la torre
Martelo que comparte con Stephen Dedalus. Introibo ad
altare Dei es el primer parlamento de esta novela. A esa
misma hora, Leopold Bloom prepara su desayuno, el de su
esposa, Molly, y, de paso, el de la gata. Luego se
aliviará el vientre leyendo el periódico e imaginando
relatos antes de emprender un día de trabajo sumamente
dudoso, porque lo que en realidad hace Leopold Bloom es
zascandilear, haraganear, fisgonear y mecerse en el vaivén
de las corrientes que arrastran su conciencia.
Buck
Mulligan es un personaje secundario, como también lo es
Stephen Dedalus e incluso el propio Leopold Bloom, el
Ulises errante en el Dublín y la Irlanda a la que
llegaron los antiguos Pueblos del Mar convertidos en
celtas, es decir, en pura leyenda, en ese material del
que the dreams are made of. Molly Bloom es el único
personaje que no es secundario en este universo de
eternos comparsas. Ella es Penélope y Gea. Ella no se
mueve de la cama. Ella es ardiente, perspicaz y
tenuemente puta-como lo somos todos, más o menos. Es
judía y nació en Gibraltar, hija de la española
Lunita Laredo (lo que demuestra que Joyce sabía escoger
los nombres, las palabras y los sonidos, también en
aquellas lenguas que no dominaba.
Así
comienza a quel 16 de junio de 1904 cuya peripecia
transcurre "acogida y rechazada" no por el
mismo cielo al que se refería Shakespeare, sino por
cuantos dublineses irlandeses, creyentes y no creyentes,
mártires y golfos, santos y canallas, analfabetos y
lectores asisten al drama o lo atraviesan
conscientemente y casi siempre de una manera casual,
pues esta novela es, también, una enciclopedia de
casualidades.
Del
Ulises de Joyce se ha dicho que es un relato
costumbrista, y no hay dónde ni por qué negarlo. También
se ha dicho que es una epopeya contemporánea en la que
se presenta el arquetipo del antihéroe-del siglo XX, un
personaje merodeador de anonimatos, con todos los
atributos del camaleón y las propiedades del
caleidoscopio imprescindible para el instinto de
supervivencia adecuado a las circunstancias de su época,:
con el espíritu tan atribulado como es usual en
cualquier tiempo y lugar, y la moral tan dispuesta al
sarcasmo y al disfraz como convenga a su salud psicológica,
más bien mermada.
El
antihéroe no es la contrafigura del héroe porque le
falta valor, coraje, iniciativa y astucias (cualidades
que habitualmente le sobran), sino porque está enfermo,
circunstancia que le obliga a colocar todos sus vicios y
virtudes en las dosis más idóneas a las condiciones de
presión y temperatura en que se desenvuelve su vida.
El héroe es siempre un ejemplo de salud, de una
salud cuya pérdida se hizo evidente en cuanto el
romanticismo decidió pasear la melancolía de su
disimulo por la penumbra de las ruinas y los
camposantos. El fantasma es un muerto saludable. El
vampiro es una insalubridad erótica y con alas,
prendida a la metamorfosis de su cuerpo y a la
metempsicosis de su alma.
El
vampiro es uno de los personajes más sigilosos del
Ulises. Es una flecha que atraviesa el tiempo y el
espacio, que espía, se introduce y chupa, que cambia de
forma y mantiene su sustancia en la rueda infinita y
eterna de las transmigraciones, tan adherido a la sombra
como enemigo de la luz. Es la imagen de una religión
pagana y salvaje que no formula salvación alguna porque
es la consagración de una condena: la de la
Vida-en-la-Muer-te y la de la Muerte-en-la-Vida. Su
imaginación se nutre de una línea seminal biológicamente
eterna inscrita en lo que hay en el último ser vivo del
semen del primer varón que procreó. Es lo que hay de
vida en una eterna acumulación de muerte a lo largo del
Tiempo, de ese tiempo que es lo que pasa cuando lo que
pasa es la vida.
Joyce
es un arquetipo de ese vampiro entendido como formulación
del novelista que absorbe la vida de los demás para
poner por escrito la propia o la de quien le venga en
gana. No es un ser poseído sino posesor. Una afirmación
tan tajante como para desconcertar a Leopold Bloom al oírsela
a Stephen Dedalus. Ambos acaban de salir del burdel en
el que la Circe homérica de Dublín ha lanzado sobre
ellos toda la malla de sus alucinaciones. Dedalus está
borracho y bajo los efectos del mamporro que le acaba de
arrear un soldado británico, y Bloom padece aún las
sacudidas de una tensión sexual angustiosa y maltrecha.
Para Bloom, marginado e insultado como judío por un
energúmeno del que tuvo que huir a bordo de un
carruaje, Dedalus representa el esfuerzo intelectual
entregado a la causa de una Irlanda renovada y plena.
Pero Dedalus no lo ve así.
"-Yo
sospecho -le interrumpió Stephen- que Irlanda debe de
ser importante porque me pertenece.
-¿Qué
es lo que le pertenece? -inquirió el señor Bloom
inclinándose, imaginando que quizá había entendido
mal. Discúlpeme. Desgraciadamente, no he oído la última
parte. ¿Qué ha sido lo que usted...?
Evidentemente molesto, Stephen empujó a un lado
su taza de café o de lo que se quiera y agregó con
escasa cortesía:
-No
podemos cambiar de país. Cambiemos de tema.
En
esta novela se cambia de tema constantemente, como no
podía ser menos en un relato que busca ser la crónica
de una errancia entre un desarraigo y otro, entre las múltiples
encrucijadas cotidianas del desamparo y del fracaso.
Bloom es el hijo de un judío húngaro establecido en
Inglaterra, donde se suicidó, y el padre de un hijo
muerto. Dedalus es el afilado y educadísimo discípulo
de los jesuítas que fue incapaz de rezar ante el lecho
de muerte de su madre, que se lo imploraba.
Dedalus
es un Telémaco renuente, astuto, orgulloso y rebosante
de arrogancia. No quiere regresar a Itaca. Lo que quiere
es recibirla en sus brazos como artífice de la
"increada conciencia de mi raza”.
Bloom acaricia el proyecto de ofrecerle cobijo a
cambio de que enseñe italiano a su esposa, a esa Penélope
que teje amoríos sin moverse del lecho. Dedalus declina
la oferta y Bloom se queda sólo en su casa, donde pasa
revista al Universo mientras rememora los
acontecimientos del día, la peripecia de esta novela
llamada Ulises.
Joyce
ofreció un primer esquema argumental a Cario Linati en
1920, y envió otro, un año después, a Jacques
Benoist-Méchin, que fue el publicado por Stuart Gilbert
en 1931. Pero hay un tercero que, en realidad, es el
primero o más inmediato, pues es el que se hace de sí
mismo Bloom a una hora incierta de la madrugada del
viernes, 17 de junio de 1904:
"La
preparación del desayuno (ofrenda quemada), congestión
intestinal y premeditada defecación (sanctasanctórum);
el baño (rito de San Juan); el entierro (rito de
Samuel); el anuncio de Alexander Keyes (Urin yThummin);
el almuerzo insustancial (rito de Melquisedec); la
visita al museo y a la biblioteca nacional (lugar
santo); la cacería del libro a lo largo de Bedford Row,
Merchants Aren, Wellington Quay (Simclath Torah); la música
en el Ormond Hotel (Shira Shirim); el altercado con el
truculento troglodita en el local de Bernard Kiernan
(holocausto); un período de tiempo en blanco incluyendo
un paseo en coche, una visita a una casa de duelo, una
despedida (desierto); el erotismo producido por un
exhibicionismo femenino (rito de Onán); el parto
laborioso de la señora Mina Purefoy (elevación de la
ofrenda); la visita a la casa de vicio de la señora
Bella Cohén, 82 Tyrone Street, Lower, y el subsiguiente
alboroto y reyerta en defensa propia en Bea-ver Street
(Armageddon); la deambulación nocturna hacia y desde el
refugio de los cocheros, Butt Bridge (expiación)”.
Todo
eso es lo que le ocurre a Bloom a lo largo del día según
el modo que tiene de entenderlo antes de regresar a la
Itaca del lecho matrimonial en el que sus miembros, al
extenderse, encuentran: "Blanca ropa limpia recién
cambiada, olores adicionales; la presencia de una forma
humana, femenina, la de ella; la huella de una forma
humana, masculina, no la de él.”
Semejante
resumen, planteado como una procesión de rituales, como
el esquema de una liturgia, es lógico en una novela
que, acusada de pornográfica y blasfema, censurada y
perseguida, es, sin embargo, el cabal testimonio de un
hombre tan juguetón y travieso con las creencias
religiosas como atrapado en el misterio religioso, sea
éste, el misterio religioso, descrito por Shakespeare,
por el narrador de las Sagradas Escrituras o por el no
menos elusivo de Las Mil Noches y Una Noche.
Leopold
Bloom es la carne, la sangre y los huesos del más auténtico
y desconcertado despiste. Su alma, reencarnada o no; su
espíritu, en transmigración o donde quiera que se
encuentre, son la materia o el viento de un peregrinaje
tan encadenado a la carne como a las pesquisas en torno
a cuestiones implanteables.
Pregunta:
"¿Qué autoevidente enigma meditado con inconexa
constancia durante 30 años, al producirse la oscuridad
natural por la extinción de la luz artificial, percibió
Bloom silenciosamente?”.
Respuesta:
"¿Dónde estaba Moisés cuando se apagó la
vela?”
Y, más adelante:
Pregunta:
"¿Con quién ha viajado Bloom?"
Respuesta:.
"Simbab el Sarino y Mimbad el Marino yTimbad el
Tarino y Jimbad el Jarino y Whimbad el Wharino y Nimbad
el Narino y Fimbad el Panno y Bimbad el Barino y Pimbad
el Parino y Rimbad el Rarino... Oscuridad el
Luciferino"
Es la melopea previa a la de Molly Bloom en su
lecho inmóvil. Y es, también, la más propia de un tránsfuga
de las definiciones del alma, de sus premios o castigos
y de la moneda en que se reciban los unos y se paguen
las otras.
Bloom es
el hijo de un judío convertido al protestantismo, que
se hizo católico al casarse con Molly Bloom. Es un saco
andante de culpas sin redención alguna, como la mota de
polvo atraída y rechazada por el universo del que
procede y cuyo cobijo anhelará eternamente. Su único
consuelo es medir en inauditas vinculaciones y metáforas,
así como en eones hindúes, en parasangas persas o en
los insondables centímetros con que se miden las
constelaciones, los instantes que van del desayuno
servido a su esposa en la mañana, al lecho de su esposa
por la noche, que le dirá que sí quiero sí. Porque
ella es la única Tierra que tiene el peregrino para sus
pasos y para medir sus huellas, imaginarlas o soñarlas,
tal vez. Sólo o en compañía de otros.
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