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Virginia
Woolf, André Gide, Robert Musil y James Joyce son marcas de calidad
literaria del siglo XX. Presumir de persona culta sin haber leído,
por ejemplo, las desconcertantes seiscientas páginas del Ulysses
(1922), de James Joyce (1882-1941), parece una impostura. Otra
cuestión es si resulta obligatorio que guste y se entienda un texto
tan difícil. Quizás sólo la gente leída y pasada por las aulas
universitarias, según pensaba Pierre Bourdieu, puede disfrutar de
los libros complicados. ¿Conviene, por otra parte, leerlo en la
lengua original, ya que es una de las piezas maestras de la
literatura inglesa, o basta con una versión castellana? ¿Y qué
traducción leer, una clásica, la original de Dámaso Alonso, o una
moderna de José María Valverde?
Pongamos que leemos a Joyce en español, con lo que
apreciaremos menos los aspectos lingüísticos, cuya excelencia señala
la crítica reiteradamente, y nos interesaremos más por el
argumento y por los personajes. Y aquí surge un problema, que ni
Stephen Dedalus ni Leopold Bloom, o su mujer Molly, los
protagonistas, son nada extraordinario. Dedalus aparece como un
vacuo aspirante a caballero inglés y Bloom ofrece una imagen tópica
del judío. Por tanto, estas lecturas nos dejan insatisfechos,
porque la obra permanece medio muda. Entendemos que se trata de la búsqueda
por parte de Bloom de un hijo, y de Stephen de un padre, y que cada
incidente de la novela resulta paralelo a uno de la Odisea homérica,
y, a su vez, va relacionado con una hora del día, un color, una
parte del cuerpo. Todo hecho en un intento de recrear la vida
completa de una persona.
La superación de la dificultad ofrece dos salidas para el
lector aficionado, persistir en la lectura, la relectura, o dejar el
libro de lado. Los lectores profesionales deben opinar sin embargo,
y en muchas ocasiones lo han hecho redactando críticas
impertinentes, bien porque no saben cómo leer la obra o porque aun
sabiéndolo prefieren modalidades narrativas anteriores, que les
resultan más familiares. Al Ulysses le han dedicado numerosas críticas
adversas, porque quizás atraviesa el purgatorio que el Quijote pasó
en su época, un período de prueba antes de que llegue el aprecio
universal. Dedalus y Bloom parecen un poquito clichés, por el
amaneramiento del uno y el judaísmo de guardarropía del otro, les
pasa lo que a don Quijote y Sancho, que tras la publicación de la
obra cervantina la gente se fijaba en un aspecto del personaje, que
el caballero era un loco, que confundía las rameras con damas y a
un cuco ventero con un caballero. El tiempo, no obstante, ha hecho
de la novela del hidalgo manchego, sea el idioma en que se lea, un
repositorio de una gran verdad encarnada en el personaje: el poder
de la imaginación para moldear la realidad a la medida del hombre.
Un indudable atractivo del Ulysses reside en que recrea los
sucesos de un solo día en Dublín, el 16 de junio, de 1904. Paradójicamente,
lo que pensamos como lo mejor de la obra, el novedoso tratamiento
del tiempo, la subordinación de cronología de los hechos a la
libre cronología del fluir de los pensamientos, es lo que le trajo
las mayores críticas, siendo las hechas por Wyndham Lewis en su
magna obra, El tiempo y el hombre occidental (1927), las mejor
argumentadas, y que pusieron en la balanza de la fama la cuestión
de si el irlandés era un artista o un artesano.
Su
hostil análisis resulta difícil de contradecir. Sitúa al autor
junto a Gertrude Stein, para definirlo como un escritor de altura técnica,
pero carente de fuerza trágica, a lo Dostoievski o lo Flaubert, y
exento, por supuesto, del metropolitanismo de su compatriota Oscar
Wilde. Su mundo era el de la pequeña burguesía, y lo que es aún
peor, que Stephen y Leopold estaban manufacturados con retazos de
clichés, y por la tanto discontinuos. Que fueron creados por suma
de rasgos, sin que les observemos una personalidad propia. Aquí,
afirma Lewis, se nota la veta artesanal de Joyce, que sagazmente
oculta la debilidad argumental, la carencia de un sistema de valores
que ordene ese mundo y dé coherencia a los personajes. El hábil
uso de una técnica narrativa, la corriente de conciencia, que
permite saltar de una percepción a otra sin enlaces causales,
oculta la falta de un diseño orgánico.
Lewis sin querer estaba describiendo el paradigma literario
moderno, conformado por la excelencia en el manejo de la técnica
narrativa, concretamente el uso del fluir interior de la conciencia,
y la virtuosidad verbal. Criticó ambas características por ser
demasiado abstractas, insuficientes para justificar la riqueza de
una obra. Pero Lewis acabó perdiendo la batalla, porque lo
interpretado por él como negativo en el Ulysses ha sido considerado
el pilar de la profunda renovación de la narrativa moderna. La obra
de Marcel Proust, de Franz Kafka y de James Joyce tradujo en términos
humanos su presente: su originalidad reside en la creación de un
espacio narrativo donde el individuo ordena su realidad, y no como
en los escritores realistas, donde el ser humano era definido por su
realidad social.
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