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A continuación, incluimos una breve reseña de dos de los artículos incluidos en el volumen colectivo "James Joyce: límites de lo diáfano".

 

"James Joyce y el mundo de la ley", por Carmelo Medina Casado (pág 179-197).

Carmelo Medina escribe sobre las continuas trabas legales que tuvo que afrontar la obra de Joyce en EEUU y Reino Unido hasta bien entrados los años 30. El autor del artículo explica cómo la legislación vigente en el Reino Unido consideraba culpables por inmoralidad tanto al escritor como al editor, razón por la que resultó tan complicado para Joyce que alguien se comprometiera a imprimir sus textos. Si en 1906 el irlandés tiene que ver como su colección de relatos Dubliners no podía ser impresa en Londres, debido a que algunos pasajes son considerados ofensivos contra la moral de la época, tampoco fructifican los intentos del ya exiliado en Trieste para que el libro apareciera en Dublín en 1909, ya que el editor se echa atrás y termina destruyendo en 1912 las mil copias que ya estaban preparadas.  Finalmente, Dubliners aparece (con múltiples erratas, como avisa Carmelo Medina que fue común en sus primeras ediciones) en 1914 de la mano del editor que en 1906 había puesto objeciones a la publicación, sin que tenga lugar ninguna denuncia o proceso judicial después de la aparición.

El siguiente libro de Joyce es A Portrait of the Artist as a Young Man, que había sido publicado por entregas entre los años 1914 y 1915 en la revista “The Egoist”. Adelantando lo que sucedería con Ulysses, el papel de una editora norteamericana se muestra crucial para que la obra pueda llegar luego a las islas británicas: en 1916 se publica el libro en EEUU y, a partir de estas planchas de edición, Portrait es publicado en el Reino Unido ante la negativa de los impresores ingleses a preparar la edición. Al igual que sucedería con Dubliners, los temores de los impresores se muestran infundados y el libro no da lugar a ningún escándalo en la sociedad británica.

Pero sería Ulysses el libro que más quebraderos de cabeza traería a Joyce. Publicado por entregas en la revista norteamericana “The Little Review”, una denuncia por obscenidad pone en marcha un proceso judicial que, en 1921, termina con multa para los editores y con la prohibición de su publicación. El libro no accedería a la legalidad hasta diez años después, cuando la editorial Random House provoca con la difusión de Ulysses un nuevo juicio que, gracias al juez Woolsey, concluye con el levantamiento de la decisión judicial de confiscación y destrucción de ejemplares. En 1936, la censura británica tiene que ceder y por fin admite el libro como publicable.

Tras la repercusión de Ulysses en el mundo literario, Joyce goza ya de un reconocimiento entre los críticos que le favorece a la hora de publicar Finnegans Wake. El infinito último libro de Joyce, que aparece por entregas desde 1924, se distribuye sin problemas en 1939 tanto en EEUU como en el Reino Unido.

Después de estudiar y contextualizar el via crucis de Joyce para publicar sus obras, Carmelo Medina cierra su artículo indicando dos ediciones ilegales de la ‘ilegal’ obra Ulysses: habla de la edición pirata en EEUU que se aprovechaba de que el libro no estaba admitido por las autoridades, y que motivó la protesta de más de 160 escritores de diferentes países; y también se refiere a una traducción aparecida en Japón en 1930 de la que Joyce tuvo conocimiento pero que hubo de consentir ante las enormes trabas burocráticas que le suponía una denuncia en aquel país.


"Joyce entre el modernismo y el postmodernismo", por Francisco García Tortosa (pág 231-245).

El profesor García Tortosa deja claro, al inicio de su artículo, que no está en nada de acuerdo con la clasificación de las obras literarias bajo etiquetas que vienen motivadas por supuestas similitudes artísticas o por una connivencia espacial o temporal. Después de esta aclaración, pasa a estudiar la evolución de Joyce bajo los conceptos de Modernismo y Postmodernismo, con los que ya avisaba que no termina de comulgar y que considera demasiado “imprecisos”. La única definición que llega a aceptar es aquella que califica al modernismo como un “impulso aterrorizado ante el arte de consumo en el que había derivado el realismo y el naturalismo del siglo XIX” (pág 233).

A partir de la definición anterior, y partiendo de las teorías de Ortega y Gasset sobre el Arte Nuevo en su libro La deshumanización del arte, García Tortosa considera que tanto Dubliners como A Portrait of the Artist as a Young Man pueden considerarse como modernistas si entendemos que instauran una nueva relación con la realidad (ángulo inusitado en Dubliners con muchos puntos oscuros, que se aleja del realismo y naturalismo; Portrait como novela modernista que no concede nada a la cultura de masas).

Sobre Ulysses, el autor afirma que está a mitad de camino entre modernismo y postmodernismo. Mientras que capítulos (Eolo) y personajes (Stephen Dedalus) se mueven en el campo de la retórica y la poética, siempre recurriendo a la metáfora antes que a la metonimia, las partes más impactantes de la obra y personajes como el matrimonio Bloom aparecen como claros exponentes del postmodernismo. La fractura de la idea de autor omnisciente y de desarrollo lineal, así como la presencia conjunta de diferentes perspectivas temporales y espaciales confieren a Ulysses unas cualidades perfectamente asumibles desde el deconstruccionismo textual.

Por último, Finnegans Wake “haría la envidia y las delicias del más recalcitrante postmoderno” (pág 242) si se estudia como una obra en la que el autor no es un individuo sino un conjunto de personas que la disfrutan en grupos de lecturas, advirtiendo y sugiriendo nuevos significados a partir del infinito entramado lingüístico que constituye el libro. Para García Tortosa, el citado deconstruccionismo no es más que un concepto “estimulado por la urgencia de entender la última obra de Joyce” (pág 243), y es que la ruptura sintáctica y semántica que supuso la última obra del irlandés sólo puede estudiarse desde nuevos paradigmas críticos.

 

 

 

 

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