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"Las hermanas", de James Joyce.  

Traducción de José Patricio Domínguez Valdés

No había ninguna esperanza para él esta vez: Era el tercer ataque fulminante. Noche tras noche había pasado yo por la casa -esto durante vacaciones- y escudriñado la iluminada y cuadrada ventana: y noche tras noche la había encontrado  iluminada del mismo modo, débil y regular. Si estaba muerto, pensaba, vería el reflejo de las velas en las persianas cerradas, pues sabía que dos velas deben ponerse a la cabeza del cadáver. A menudo él me había dicho “No estoy ya para este mundo”, mas yo pensaba que sólo eran palabras al aire. Ahora sé que eran en serio. Todas las noches al espiar por la ventana suavemente me decía a mí mismo la palabra “parálisis”. Siempre me había sonado extraña, como la palabra “gnomon” del Euclides y “simonía” del Catecismo. Pero ahora me sonó como el nombre de un ser malvado y pecador. Me llenó de temor, pero aún así deseé estar cerca de ella y observar su letal efecto.

            El viejo Cotter estaba sentado cerca de la chimenea, fumando, cuando bajé para cenar. Mientras mi tía revolvía la sopa, él, como volviendo de  un comentario anterior, dijo:

‘No, yo no diría que él era exactamente... pero había algo raro... había algo misterioso. Les diré qué pienso...’

Comenzó a chupar su pipa, sin duda preparando en mente lo que iba a decir. ¡Qué viejo más aburrido! Al principio, cuando lo conocimos, solía ser más interesante, cuando hablaba sobre desmayos y gusanos; pero pronto me aburrí de él y de sus eternos cuentos  sobre la destilería.

‘Tengo mi propia teoría’, decía. ‘Pienso que era uno de esos... casos peculiares... pero es difícil decirlo...’

De nuevo comenzó a chupar su pipa sin darnos su teoría. Mi tío me vio observando y me dijo:

            ‘Bueno, pues tu viejo amigo se fue, una pena para ti’

            ‘¿Quién?’ dije.

            ‘El padre Flynn’

            ‘¿Se murió?’

            ‘El señor Cotter aquí nos acaba de contar. Pasó cerca de la casa.’

Supe que estaba siendo observado, de modo que seguí comiendo como si las noticias no me hubiesen interesado. Mi tío le explicó al viejo Cotter.

‘El  menor y él eran muy buenos amigos. El viejo le enseñó hartas cosas, fíjese, y se dice que tenía un gran proyecto para él.’

            ‘Dios se apiade de su alma’ acotó piadosamente mi tía.

El viejo Cotter me miró por un rato. Sentí sus negros y ovalados ojillos examinándome, pero  no le di el gusto de levantar mi vista desde el plato hacia su rostro. Volvió él a su pipa y finalmente escupió rudamente en la rejilla de la chimenea.

‘No me gustaría que hijos míos,’ dijo, ‘tengan tanto que hacer con un hombre como ese.’

            ‘¿Qué quiere decir con eso, señor Cotter?’ preguntó mi tía.

            ‘Lo que quiero decir’ dijo, ‘es que es malo para los niños. Mi idea es: dejen a un chiquillo dar vueltas y jugar con chiquillos de su misma edad, y no estar... ¿acierto, o no, Jack?’

‘Ese es mi lema también’ dijo mi tío. ‘Déjenlo corretear por ahí. Eso es lo que siempre le ando diciendo al rosacruz: que hagan ejercicio. Cuando era yo un chicuelo, todos los días, fuera verano o invierno, me daba una ducha helada. Y eso es lo que sigue en pie para mí. Esto de la  educación sirve mucho y todo...  el señor Cotter se va a servir un trozo de esa pierna de carnero,’ agregó dirigiéndose a mi tía.

‘No, no quiero, gracias’ dijo el viejo Cotter.

            Mi tía trajo el plato desde la despensa y lo puso en la mesa.

            ‘Pero, ¿por qué cree usted que es malo para los niños, señor Cotter?’ preguntó.

            ‘Es malo para los niños’ dijo el viejo Cotter, ‘porque sus mentes son demasiado susceptibles. Cuando los niños ven cosas como esas, usted sabe, hay un efecto...’

Me llené la boca de sopa por temor a poder dar rienda suelta a mi ira. ¡Viejo imbécil, nariz de payaso!

Era ya tarde cuando me dormí. Aunque estaba enojado con el viejo Cotter por haberse referido a mí como un niño, me embrollé la cabeza tratando de encontrarle significado a esas frases incompletas. En la oscuridad de mi cuarto imaginé que veía de nuevo la cabeza gris y pesada del paralítico. Escondí la cabeza en las frazadas y traté de pensar en Navidad. Mas la cabeza gris todavía me seguía. Algo murmuraba;  y comprendí que deseaba confesarlo. Sentí mi alma volverse hacia una región viciosa y placentera; y allí se encontraba él, esperándome. Me empezó a confesar en un tono murmurante mientras yo divagaba en la causa de que su constante sonrisa y en por qué sus labios estaban tan húmedos de saliva. Pero al recordar que había él muerto de parálisis me sentí sonriendo débilmente también, como si estuviera absolviendo su pecado de simonía.

Al día siguiente, después de desayunar, fui a la casita ubicada en la calle Gran Bretaña. Era una tienda común y corriente, registrada bajo el vago nombre de Tapicería. La tapicería consistía principalmente en botines para niños y paraguas, y de ordinario en un cartel colgado en la ventana que decía: Paraguas Recubiertos. No se veía ahora el cartel, pues las persianas estaban cerradas. Una cinta estaba atada a la manilla con un cordel. Dos mujeres pobres y un chico del telégrafo leían la tarjeta pegada a la cinta. También yo me acerqué y leí:

 

1° de Julio de 1895

Rev. James Flynn (ex párroco de la Iglesia de Sta. Catalina,

Meath Street), setenta y cinco años de edad.

Q.E.P.D.

 

Leer aquella tarjeta me convenció de que había muerto; y me molestó encontrarme ahí parado. Si no hubiese estado muerto habría entrado al pequeño cuarto tras la tienda para encontrarlo sentado en su sillón cerca del fuego, forrado en su impermeable. Quizá mi tía me hubiese dado un paquete de High Toast, regalo que lo hubiese despertado de su dormitar soñoliento. Siempre era yo quien vaciaba el contenido en su caja de rapé, pues sus manos temblaban demasiado para que le dejase hacerlo a él sin derramar la mitad del rapé en el suelo. Cuando alargaba su gran mano temblorosa hacia su nariz, nubecillas de humo escurrían entre sus dedos sobre la superficie del abrigo. Debieron ser estos constantes aguaceros de rapé los que le dieron ese color verde pálido a sus ropas de cura, porque el pañuelo rojo, ennegrecido (siempre lo fue), manchado del rapé de la semana, con el que trataba de barrer el rapé caído, era bastante ineficaz.

 

Quise entrar y mirarlo, pero no tuve la valentía para tocar la puerta. Me fui, por el lado soleado de la calle, lentamente, leyendo toda la propaganda de los teatros de los aparadores. Se me antojó extraño que ni el día ni yo estuviésemos de luto y me incomodó descubrir en mí una sensación de libertad, como si hubiese sido liberado de algo por su muerte. Divagué sobre esto, porque como había dicho mi tío anoche, él me había enseñado muchas cosas. Él había estudiado en el Colegio Irlandés de Roma y me había enseñado a pronunciar correctamente el latín. Me contaba historias de las catacumbas y de Napoleón Bonaparte, y me había explicado el sentido de las diferentes partes de la Misa y de las distintas vestimentas usadas por el cura. A veces se entretenía haciéndome preguntas difíciles, preguntándome qué debería uno hacer en ciertas circunstancias o si este o tal pecado eran pecados mortales, veniales o simplemente imperfecciones. Sus preguntas me revelaron cuán complejas eran ciertas instituciones de la Iglesia que yo suponía eran las cosas más sencillas. Los deberes del cura para con la Eucaristía y el secreto de confesión me parecían tan arduos que pensaba cómo alguien podía encontrase lo suficientemente valiente para sobrellevarlos; y no me sorprendí cuando me contó que los Padres de la Iglesia habían escrito libros del grueso de la guía telefónica e impresos tan apretadamente como las noticias judiciales del periódico, dilucidando todas estas intrincados asuntos. A menudo pensando sobre éstos no podía yo elaborar ninguna respuesta, aunque fuese esta estúpida o vaga; a lo que él solía sonreír  e inclinar la cabeza dos o tres veces. A veces me ponía a prueba sobre los responsos de la Misa, los que me había hecho aprender de memoria; y, mientras yo balbuceaba, sonreía meditabundo e inclinaba la cabeza, echándose aquí y allá grandes cantidades de rapé en ambas aletas de la nariz, alternando. Al sonreír solía descubrir sus grandes dientes descoloridos y posar su lengua sobre el labio inferior –hábito que me había hecho sentir incómodo al comienzo de nuestra amistad, antes de conocerlo bien.

Caminando al sol recordé las palabras del viejo Cotter y traté de recordar qué había pasado después en el sueño. Recordé haber visto unas  largas cortinas de terciopelo y una lámpara de las antiguas, que se balanceaba.

Por la tarde mi tía me llevó con ella al velorio. Si bien esto fue después de la puesta de sol, las persianas de las casas que miraban al oeste reflejaban el color de oro tostado de un inmenso banco de nubes. Nannie nos recibió en la sala de estar, y como hubiera estado fuera de lugar gritarle, mi tía le dio la mano. La anciana apuntó hacia arriba inquietamente, y, al tiempo que mi tía inclinaba la cabeza, procedió a subir trabajosamente las estrechas escaleras delante de nosotros, sobresaliendo un poco su cabeza de la baranda. Al llegar al primer rellano inclinó su cabeza y nos hizo señas hacia atrás alentándonos a entrar en la cuarto del velorio. Mi tía entró y la señora, al ver que yo vacilaba, empezó a hacerme señas insistentemente con las manos.

 

Entré en puntillas. El cuarto a través de los encajes bajos de la cortina estaba bañado de una polvorienta luz dorada en la cual las velas parecían llamas débiles y pálidas. Estaba dentro del ataúd. Nannie se adelantó y nosotros tres nos arrodillamos al pie de la cama. Fingí rezar pero no pude agrupar los pensamientos porque el murmullo de la señora me distrajo. Noté cuan torpe se había abrochado la falda por detrás y como los talones de sus botas de trapo estaban virados, todos al mismo lado. Me vino a la imaginación  que el viejo cura sonreía extendido en el ataúd.

 

Pero no. Cuando nos levantamos y nos acercamos al pie de la cama vi que no sonreía. Allí yacía, largo y solemne, vestido como para el altar, sus grandes manos lacias reteniendo un cáliz. Su rostro era muy truculento, gris y macizo, con negras y cavernosas aletas y poblada por un pelillo blanco. Un fuerte olor inundaba la pieza – las flores.

 

Nos persignamos y bajamos. En el pequeño cuarto de abajo encontramos a Eliza tiesa, sentada en la mecedora del cura. Tanteando me dirigí a mi asiento en el rincón mientas Nannie traía una licorera con jerez y unas copas de la alacena. Las puso en la mesa y nos invitó a tomar un vasito de vino. Luego, al asentimiento de su hermana, llenó las copas de jerez y nos las pasó. Me insistió con unas galletitas de crema pero desistí porque pensé que haría mucho ruido comiéndolas. Pareció estar algo decepcionada de mi negativa y lentamente se dirigió al sofá, donde se sentó al lado de su hermana. Nadie habló: todos nos quedamos mirando fijamente la chimenea vacía.

 

Mi tía esperó hasta que Eliza suspirara y dijo:

‘Bueno, se fue a un mundo mejor´

Eliza suspiró de nuevo e inclinó su cabeza en señal de aprobación. Mi tía acarició el pie de la copa antes de dar un sorbo.

‘¿Y él... en paz?’

‘Oh sí, muy en paz, señora,’ dijo Eliza. Ni notamos cuando dio el último respiro. Tuvo una muerte hermosa, alabado sea Dios’.

‘¿Y todo...?’

‘El padre O’Rourke estuvo con él el martes y lo ungió, lo preparó y todo eso...’

‘Sabía entonces’

‘Estaba bastante resignado’

‘Se ve bastante resignado’ dijo mi tía.

‘Eso es lo que dijo también la mujer encargada de lavarlo. Que parecía dormido; así de resignado y en paz parecía. Nadie pensaba que sería un difunto tan hermoso’

‘Así es’ dijo mi tía.

Bebiendo un poco más de su copa, dijo:

‘Bueno, señorita Flynn, en cualquier caso debe ser realmente gratificante para  usted saber que hizo todo lo que pudo por él. Debo decir que ustedes dos fueron muy amables con él’.

 

Eliza alisó su vestido sobre las rodillas.

 

‘Ay, pobre James’ dijo. ‘Dios sabe que hicimos lo que pudimos, estando como estamos de pobres. Nunca lo vimos pedir nada mientras estuvo así.’

 

Nannie había reclinado su cabeza en un cojín y parecía a punto de quedarse dormida.

 

‘Ahí esta la pobre Nannie’ dijo Eliza, mirándola. ‘Está cansadísima. Todo el trabajo que tuvimos ella y yo, traer a la mujer para lavarlo y luego arreglarlo y el ataúd y preparar la Misa en la capilla. Sin el padre O’Rourke no sé qué hubiéramos hecho. Él nos trajo las flores y los dos candelabros de la capilla,  escribió el aviso de defunción en el Freeman’s General, y se hizo cargo del papaleo para el cementerio y del seguro del pobre James.’

‘Qué bondad, ¿no es cierto?’ dijo mi tía.

 

Eliza cerró los ojos y agitó su cabeza lentamente. ‘Ah, no hay como los viejos amigos’ dijo, ‘cuando está todo dicho y hecho, no hay personas en quien confiar’.

‘Así es, en verdad’, dijo mi tía. ‘Y estoy segura de que ahora que se ha ido al descanso eterno no las olvidará a ustedes y lo buenas que fueron con él. Aunque yo sepa que se fue y todo...’

 ‘Ah, pobre James’, dijo Eliza. ‘Si no nos daba ningún trabajo. No se escuchaba en la casa más que ahora. Aunque sé que se ha ido y todo eso...’

‘Es cuando termina todo cuando uno lo echa de menos’ dijo mi tía.

‘Lo sé,’ dijo Eliza. Nunca más le llevaré su tacita con sopa de carne, y tampoco usted, señora, le enviará su rapé. ¡Ah, pobre James!’

Se detuvo, y como si se hubiera comunicado con el pasado, dijo maliciosamente: ‘Fíjense, que me di cuenta que algo raro le vino últimamente. Siempre que entraba a dejarle la sopa lo encontraba con el breviario botado en el suelo, tumbado en la silla y con la boca abierta.’

 

Posando el dedo en la nariz frunció el ceño; luego siguió:

‘Pero así y todo él seguía diciendo que antes que terminara el verano, en algún día de sol, iría de paseo sólo para ver de nuevo la casa en el Irishtown donde nacimos y que me llevaría a mí y a Nannie. Si sólo pudiéramos conseguir uno de esos carros nuevos, de esos que no hacen ruido, de los que le habló el padre O’Rourke, esos con reumáticos, por el día, del local de Johnny Rush, iríamos los tres un domingo por la tarde. Se le había metido esa idea en la cabeza... ¡Pobre James!

 

‘¡Que el Señor se apiade de su alma!’ dijo mi tía.

Eliza sacó un pañuelo y se secó los ojos. Lo guardó luego en el bolsillo y echó un vistazo a la parrilla un rato sin decir palabra.

‘Siempre era muy escrupuloso’ dijo. ‘Los deberes del sacerdocio eran demasiado para él. Por eso llevaba una vida, digamos, contrariada.’

‘Sí,’ dijo mi tía. ‘Era un hombre decepcionado. Se podía ver.’

El silencio se adueñó del cuarto y yo, discretamente, me dirigí a la mesa y probé mi jerez. Luego volví a mi asiento en el rincón. Parecía que Eliza había caído en un profundo extravío. Respetuosamente la esperamos para que rompiese el silencio: y después de una larga pausa dijo lentamente:

‘Fue el cáliz que rompió... eso fue el comienzo. Por supuesto dijeron que todo estaba bien, que estaba vacío, quiero decir. Pero aún así... dijeron que la culpa era del chico. Pero el pobre James estaba tan nervioso, ¡Dios se apiade de él!’

‘¿Eso era?’ dijo mi tía. ‘Escuché algo de....’

Eliza asintió.

‘Eso le afectó la mente,’ dijo. ‘Después de eso empezó a dar vueltas, a hablar solo, a vagar por ahí. Y así una noche lo necesitaban por un llamado y no lo podían encontrar en ningún lado. Buscaron de arriba para abajo, y ningún vistazo de él. Entonces el sacristán  sugirió probar en la capilla. Entonces sacaron las llaves y abrieron la capilla y el sacristán con el padre O’ Rourke y otro cura entraron con una linterna para buscarlo... ¿y qué me dicen ustedes que ahí estaba, sentado solo en la oscuridad dentro del confesionario, muy despierto y riéndose en voz baja?’

Se detuvo en seco como para escuchar algo. También yo escuché; pero no había ningún ruido en la casa: y me cercioré que el viejo cura dormía tranquilo en su ataúd, tal como lo habíamos visto, solemne y truculento en la muerte, con un cáliz ya inútil sobre su pecho.

Eliza continuó:

‘Muy despierto y riéndose en voz baja... así que entonces, cuando vieron eso, eso les hizo pensar que algo no iba bien...’

 ***

Santiago de Chile, diciembre de 2003. 

 

 

 

 

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