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No
había ninguna esperanza para él esta vez: Era el
tercer ataque fulminante. Noche tras noche había pasado
yo por la casa -esto durante vacaciones- y escudriñado
la iluminada y cuadrada ventana: y noche tras noche la
había encontrado iluminada
del mismo modo, débil y regular. Si estaba muerto,
pensaba, vería el reflejo de las velas en las persianas
cerradas, pues sabía que dos velas deben ponerse a la
cabeza del cadáver. A menudo él me había dicho “No
estoy ya para este mundo”, mas yo pensaba que sólo
eran palabras al aire. Ahora sé que eran en serio.
Todas las noches al espiar por la ventana suavemente me
decía a mí mismo la palabra “parálisis”. Siempre
me había sonado extraña, como la palabra “gnomon”
del Euclides y “simonía” del Catecismo. Pero
ahora me sonó como el nombre de un ser malvado y
pecador. Me llenó de temor, pero aún así deseé estar
cerca de ella y observar su letal efecto.
El viejo Cotter estaba sentado cerca de la
chimenea, fumando, cuando bajé para cenar. Mientras mi
tía revolvía la sopa, él, como volviendo de
un comentario anterior, dijo:
‘No,
yo no diría que él era exactamente... pero había algo
raro... había algo misterioso. Les diré qué pienso...’
Comenzó
a chupar su pipa, sin duda preparando en mente lo que
iba a decir. ¡Qué viejo más aburrido! Al principio,
cuando lo conocimos, solía ser más interesante, cuando
hablaba sobre desmayos y gusanos; pero pronto me aburrí
de él y de sus eternos cuentos
sobre la destilería.
‘Tengo
mi propia teoría’, decía. ‘Pienso que era uno de
esos... casos peculiares... pero es difícil decirlo...’
De
nuevo comenzó a chupar su pipa sin darnos su teoría.
Mi tío me vio observando y me dijo:
‘Bueno, pues tu viejo amigo se fue, una pena
para ti’
‘¿Quién?’ dije.
‘El padre Flynn’
‘¿Se murió?’
‘El señor Cotter aquí nos acaba de contar.
Pasó cerca de la casa.’
Supe
que estaba siendo observado, de modo que seguí comiendo
como si las noticias no me hubiesen interesado. Mi tío
le explicó al viejo Cotter.
‘El
menor y él eran muy buenos amigos. El viejo le
enseñó hartas cosas, fíjese, y se dice que tenía un
gran proyecto para él.’
‘Dios se apiade de su alma’ acotó
piadosamente mi tía.
El
viejo Cotter me miró por un rato. Sentí sus negros y
ovalados ojillos examinándome, pero
no le di el gusto de levantar mi vista desde el
plato hacia su rostro. Volvió él a su pipa y
finalmente escupió rudamente en la rejilla de la
chimenea.
‘No
me gustaría que hijos míos,’ dijo, ‘tengan tanto
que hacer con un hombre como ese.’
‘¿Qué quiere decir con eso, señor Cotter?’
preguntó mi tía.
‘Lo que quiero decir’ dijo, ‘es que es malo
para los niños. Mi idea es: dejen a un chiquillo dar
vueltas y jugar con chiquillos de su misma edad, y no
estar... ¿acierto, o no, Jack?’
‘Ese
es mi lema también’ dijo mi tío. ‘Déjenlo
corretear por ahí. Eso es lo que siempre le ando
diciendo al rosacruz: que hagan ejercicio. Cuando era yo
un chicuelo, todos los días, fuera verano o invierno,
me daba una ducha helada. Y eso es lo que sigue en pie
para mí. Esto de la
educación sirve mucho y todo...
el señor Cotter se va a servir un trozo de esa
pierna de carnero,’ agregó dirigiéndose a mi tía.
‘No,
no quiero, gracias’ dijo el viejo Cotter.
Mi tía trajo el plato desde la despensa y lo
puso en la mesa.
‘Pero, ¿por qué cree usted que es malo para
los niños, señor Cotter?’ preguntó.
‘Es malo para los niños’ dijo el viejo
Cotter, ‘porque sus mentes son demasiado susceptibles.
Cuando los niños ven cosas como esas, usted sabe, hay
un efecto...’
Me
llené la boca de sopa por temor a poder dar rienda
suelta a mi ira. ¡Viejo imbécil, nariz de payaso!
Era
ya tarde cuando me dormí. Aunque estaba enojado con el
viejo Cotter por haberse referido a mí como un niño,
me embrollé la cabeza tratando de encontrarle
significado a esas frases incompletas. En la oscuridad
de mi cuarto imaginé que veía de nuevo la cabeza gris
y pesada del paralítico. Escondí la cabeza en las
frazadas y traté de pensar en Navidad. Mas la cabeza
gris todavía me seguía. Algo murmuraba;
y comprendí que deseaba confesarlo. Sentí mi
alma volverse hacia una región viciosa y placentera; y
allí se encontraba él, esperándome. Me empezó a
confesar en un tono murmurante mientras yo divagaba en
la causa de que su constante sonrisa y en por qué sus
labios estaban tan húmedos de saliva. Pero al recordar
que había él muerto de parálisis me sentí sonriendo
débilmente también, como si estuviera absolviendo su
pecado de simonía.
Al
día siguiente, después de desayunar, fui a la casita
ubicada en la calle Gran Bretaña. Era una tienda
común y corriente, registrada bajo el vago nombre de Tapicería.
La tapicería consistía principalmente en botines
para niños y paraguas, y de ordinario en un cartel
colgado en la ventana que decía: Paraguas
Recubiertos. No se veía ahora el cartel, pues las
persianas estaban cerradas. Una cinta estaba atada a la
manilla con un cordel. Dos mujeres pobres y un chico del
telégrafo leían la tarjeta pegada a la cinta. También
yo me acerqué y leí:
1°
de Julio de 1895
Rev.
James Flynn (ex párroco de la Iglesia de Sta. Catalina,
Meath
Street), setenta y cinco años de edad.
Q.E.P.D.
Leer
aquella tarjeta me convenció de que había muerto; y me
molestó encontrarme ahí parado. Si no hubiese estado
muerto habría entrado al pequeño cuarto tras la tienda
para encontrarlo sentado en su sillón cerca del fuego,
forrado en su impermeable. Quizá mi tía me hubiese
dado un paquete de High Toast, regalo que lo
hubiese despertado de su dormitar soñoliento. Siempre
era yo quien vaciaba el contenido en su caja de rapé,
pues sus manos temblaban demasiado para que le dejase
hacerlo a él sin derramar la mitad del rapé en el
suelo. Cuando alargaba su gran mano temblorosa hacia su
nariz, nubecillas de humo escurrían entre sus dedos
sobre la superficie del abrigo. Debieron ser estos
constantes aguaceros de rapé los que le dieron ese
color verde pálido a sus ropas de cura, porque el
pañuelo rojo, ennegrecido (siempre lo fue), manchado
del rapé de la semana, con el que trataba de barrer el
rapé caído, era bastante ineficaz.
Quise
entrar y mirarlo, pero no tuve la valentía para tocar
la puerta. Me fui, por el lado soleado de la calle,
lentamente, leyendo toda la propaganda de los teatros de
los aparadores. Se me antojó extraño que ni el día ni
yo estuviésemos de luto y me incomodó descubrir en mí
una sensación de libertad, como si hubiese sido
liberado de algo por su muerte. Divagué sobre esto,
porque como había dicho mi tío anoche, él me había
enseñado muchas cosas. Él había estudiado en el
Colegio Irlandés de Roma y me había enseñado a
pronunciar correctamente el latín. Me contaba historias
de las catacumbas y de Napoleón Bonaparte, y me había
explicado el sentido de las diferentes partes de la Misa
y de las distintas vestimentas usadas por el cura. A
veces se entretenía haciéndome preguntas difíciles,
preguntándome qué debería uno hacer en ciertas
circunstancias o si este o tal pecado eran pecados
mortales, veniales o simplemente imperfecciones. Sus
preguntas me revelaron cuán complejas eran ciertas
instituciones de la Iglesia que yo suponía eran las
cosas más sencillas. Los deberes del cura para con la
Eucaristía y el secreto de confesión me parecían tan
arduos que pensaba cómo alguien podía encontrase lo
suficientemente valiente para sobrellevarlos; y no me
sorprendí cuando me contó que los Padres de la Iglesia
habían escrito libros del grueso de la guía
telefónica e impresos tan apretadamente como las
noticias judiciales del periódico, dilucidando todas
estas intrincados asuntos. A menudo pensando sobre
éstos no podía yo elaborar ninguna respuesta, aunque
fuese esta estúpida o vaga; a lo que él solía
sonreír e
inclinar la cabeza dos o tres veces. A veces me ponía a
prueba sobre los responsos de la Misa, los que me había
hecho aprender de memoria; y, mientras yo balbuceaba,
sonreía meditabundo e inclinaba la cabeza, echándose
aquí y allá grandes cantidades de rapé en ambas
aletas de la nariz, alternando. Al sonreír solía
descubrir sus grandes dientes descoloridos y posar su
lengua sobre el labio inferior –hábito que me había
hecho sentir incómodo al comienzo de nuestra amistad,
antes de conocerlo bien.
Caminando
al sol recordé las palabras del viejo Cotter y traté
de recordar qué había pasado después en el sueño.
Recordé haber visto unas
largas cortinas de terciopelo y una lámpara de
las antiguas, que se balanceaba.
Por
la tarde mi tía me llevó con ella al velorio. Si bien
esto fue después de la puesta de sol, las persianas de
las casas que miraban al oeste reflejaban el color de
oro tostado de un inmenso banco de nubes. Nannie nos
recibió en la sala de estar, y como hubiera estado
fuera de lugar gritarle, mi tía le dio la mano. La
anciana apuntó hacia arriba inquietamente, y, al tiempo
que mi tía inclinaba la cabeza, procedió a subir
trabajosamente las estrechas escaleras delante de
nosotros, sobresaliendo un poco su cabeza de la baranda.
Al llegar al primer rellano inclinó su cabeza y nos
hizo señas hacia atrás alentándonos a entrar en la
cuarto del velorio. Mi tía entró y la señora, al ver
que yo vacilaba, empezó a hacerme señas
insistentemente con las manos.
Entré
en puntillas. El cuarto a través de los encajes bajos
de la cortina estaba bañado de una polvorienta luz
dorada en la cual las velas parecían llamas débiles y
pálidas. Estaba dentro del ataúd. Nannie se adelantó
y nosotros tres nos arrodillamos al pie de la cama.
Fingí rezar pero no pude agrupar los pensamientos
porque el murmullo de la señora me distrajo. Noté cuan
torpe se había abrochado la falda por detrás y como
los talones de sus botas de trapo estaban virados, todos
al mismo lado. Me vino a la imaginación
que el viejo cura sonreía extendido en el ataúd.
Pero
no. Cuando nos levantamos y nos acercamos al pie de la
cama vi que no sonreía. Allí yacía, largo y solemne,
vestido como para el altar, sus grandes manos lacias
reteniendo un cáliz. Su rostro era muy truculento, gris
y macizo, con negras y cavernosas aletas y poblada por
un pelillo blanco. Un fuerte olor inundaba la pieza –
las flores.
Nos
persignamos y bajamos. En el pequeño cuarto de abajo
encontramos a Eliza tiesa, sentada en la mecedora del
cura. Tanteando me dirigí a mi asiento en el rincón
mientas Nannie traía una licorera con jerez y unas
copas de la alacena. Las puso en la mesa y nos invitó a
tomar un vasito de vino. Luego, al asentimiento de su
hermana, llenó las copas de jerez y nos las pasó. Me
insistió con unas galletitas de crema pero desistí
porque pensé que haría mucho ruido comiéndolas.
Pareció estar algo decepcionada de mi negativa y
lentamente se dirigió al sofá, donde se sentó al lado
de su hermana. Nadie habló: todos nos quedamos mirando
fijamente la chimenea vacía.
Mi
tía esperó hasta que Eliza suspirara y dijo:
‘Bueno,
se fue a un mundo mejor´
Eliza
suspiró de nuevo e inclinó su cabeza en señal de
aprobación. Mi tía acarició el pie de la copa antes
de dar un sorbo.
‘¿Y
él... en paz?’
‘Oh
sí, muy en paz, señora,’ dijo Eliza. Ni notamos
cuando dio el último respiro. Tuvo una muerte hermosa,
alabado sea Dios’.
‘¿Y
todo...?’
‘El
padre O’Rourke estuvo con él el martes y lo ungió,
lo preparó y todo eso...’
‘Sabía
entonces’
‘Estaba
bastante resignado’
‘Se
ve bastante resignado’ dijo mi tía.
‘Eso
es lo que dijo también la mujer encargada de lavarlo.
Que parecía dormido; así de resignado y en paz
parecía. Nadie pensaba que sería un difunto tan
hermoso’
‘Así
es’ dijo mi tía.
Bebiendo
un poco más de su copa, dijo:
‘Bueno,
señorita Flynn, en cualquier caso debe ser realmente
gratificante para usted
saber que hizo todo lo que pudo por él. Debo decir que
ustedes dos fueron muy amables con él’.
Eliza
alisó su vestido sobre las rodillas.
‘Ay,
pobre James’ dijo. ‘Dios sabe que hicimos lo que
pudimos, estando como estamos de pobres. Nunca lo vimos
pedir nada mientras estuvo así.’
Nannie
había reclinado su cabeza en un cojín y parecía a
punto de quedarse dormida.
‘Ahí
esta la pobre Nannie’ dijo Eliza, mirándola. ‘Está
cansadísima. Todo el trabajo que tuvimos ella y yo,
traer a la mujer para lavarlo y luego arreglarlo y el
ataúd y preparar la Misa en la capilla. Sin el padre
O’Rourke no sé qué hubiéramos hecho. Él nos trajo
las flores y los dos candelabros de la capilla,
escribió el aviso de defunción en el Freeman’s
General, y se hizo cargo del papaleo para el
cementerio y del seguro del pobre James.’
‘Qué
bondad, ¿no es cierto?’ dijo mi tía.
Eliza
cerró los ojos y agitó su cabeza lentamente. ‘Ah, no
hay como los viejos amigos’ dijo, ‘cuando está todo
dicho y hecho, no hay personas en quien confiar’.
‘Así
es, en verdad’, dijo mi tía. ‘Y estoy segura de que
ahora que se ha ido al descanso eterno no las
olvidará a ustedes y lo buenas que fueron con él. Aunque
yo sepa que se fue y todo...’
‘Ah,
pobre James’, dijo Eliza. ‘Si no nos daba ningún
trabajo. No se escuchaba en la casa más que ahora.
Aunque sé que se ha ido y todo eso...’
‘Es
cuando termina todo cuando uno lo echa de menos’ dijo
mi tía.
‘Lo
sé,’ dijo Eliza. Nunca más le llevaré su tacita con
sopa de carne, y tampoco usted, señora, le enviará su
rapé. ¡Ah, pobre James!’
Se
detuvo, y como si se hubiera comunicado con el pasado,
dijo maliciosamente: ‘Fíjense, que me di cuenta que
algo raro le vino últimamente. Siempre que entraba a
dejarle la sopa lo encontraba con el breviario botado en
el suelo, tumbado en la silla y con la boca abierta.’
Posando
el dedo en la nariz frunció el ceño; luego siguió:
‘Pero
así y todo él seguía diciendo que antes que terminara
el verano, en algún día de sol, iría de paseo sólo
para ver de nuevo la casa en el Irishtown donde
nacimos y que me llevaría a mí y a Nannie. Si sólo
pudiéramos conseguir uno de esos carros nuevos, de esos
que no hacen ruido, de los que le habló el padre
O’Rourke, esos con reumáticos, por el día,
del local de Johnny Rush, iríamos los tres un domingo
por la tarde. Se le había metido esa idea en la cabeza...
¡Pobre James!
‘¡Que
el Señor se apiade de su alma!’ dijo mi tía.
Eliza
sacó un pañuelo y se secó los ojos. Lo guardó luego
en el bolsillo y echó un vistazo a la parrilla un rato
sin decir palabra.
‘Siempre
era muy escrupuloso’ dijo. ‘Los deberes del
sacerdocio eran demasiado para él. Por eso llevaba una
vida, digamos, contrariada.’
‘Sí,’
dijo mi tía. ‘Era un hombre decepcionado. Se podía
ver.’
El
silencio se adueñó del cuarto y yo, discretamente, me
dirigí a la mesa y probé mi jerez. Luego volví a mi
asiento en el rincón. Parecía que Eliza había caído
en un profundo extravío. Respetuosamente la esperamos
para que rompiese el silencio: y después de una larga
pausa dijo lentamente:
‘Fue
el cáliz que rompió... eso fue el comienzo. Por
supuesto dijeron que todo estaba bien, que estaba vacío,
quiero decir. Pero aún así... dijeron que la culpa era
del chico. Pero el pobre James estaba tan nervioso, ¡Dios
se apiade de él!’
‘¿Eso
era?’ dijo mi tía. ‘Escuché algo de....’
Eliza
asintió.
‘Eso
le afectó la mente,’ dijo. ‘Después de eso empezó
a dar vueltas, a hablar solo, a vagar por ahí. Y así
una noche lo necesitaban por un llamado y no lo podían
encontrar en ningún lado. Buscaron de arriba para abajo,
y ningún vistazo de él. Entonces el sacristán sugirió
probar en la capilla. Entonces sacaron las llaves y
abrieron la capilla y el sacristán con el padre O’
Rourke y otro cura entraron con una linterna para
buscarlo... ¿y qué me dicen ustedes que ahí estaba,
sentado solo en la oscuridad dentro del confesionario,
muy despierto y riéndose en voz baja?’
Se
detuvo en seco como para escuchar algo. También yo
escuché; pero no había ningún ruido en la casa: y me
cercioré que el viejo cura dormía tranquilo en su
ataúd, tal como lo habíamos visto, solemne y
truculento en la muerte, con un cáliz ya inútil sobre
su pecho.
Eliza
continuó:
‘Muy
despierto y riéndose en voz baja... así que entonces,
cuando vieron eso, eso les hizo pensar que algo no iba
bien...’
***
Santiago
de Chile, diciembre de 2003.
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