|
No he hallado la manera de confirmar esta historia (ni
a través de arduas navegaciones cibernéticas, quizá
otro viajero tenga mejor suerte), pero hace muchos años
un traductor polaco me contó de un colega suyo que tenía
el propósito de traducir Finnegans
Wake (1939), de James Joyce (1882-1941). Como no era
millonario y la faena le llevaría varias décadas, se
inventó el oficio de escribir novelas policiacas para
costear el proyecto… Ignoro la conclusión de la
historia, mas es probable que haya tenido éxito en las
dos empresas; o que sus avances en la segunda actividad
lo hicieran olvidar el impulso de arranque; o, en el
peor de los casos, que en su versión del tomo joyceano
el mayordomo resultara culpable de la caída de
Finnegan, y por lo mismo del pasmoso (y a la vez rotundo)
bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonnerronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthurnuk!
que se lee (entre paréntesis) en la página inicial de
la novela, palabra o vocablo multisilábico, según
define Salvador Elizondo, que comporta, como apunta el
mismo escritor, varias significaciones: “es el
estruendo que provoca el albañil Finnegan al caer desde
lo alto del muro y es también la voz del trueno con que
concluye el Stadio
barbárico o primer ciclo de la ‘recirculación’
de los ricorsi de
Vico en que el hombre primitivo concibe al trueno como
la voz de dios”.
No hay noticia cierta,
pues, de que el traductor polaco haya concluido
felizmente su odisea, o si fracasara en el intento. Se
han escrito notables ensayos sobre las palabras polacas
insertas en Finnegans
Wake, como hay también estudios sobre la presencia
del idioma español en la novela, lo mismo que del alemán,
el latín, el francés, el griego, el italiano… e
incluso sobre la lengua inglesa peculiar de esa
escritura ómnibus que está más allá de los límites
y es concentración suprema.
Para describir Finnegans Wake, Salvador Elizondo solía acudir (desde la veranda de
su casa en Coyoacán) a este paisaje: “Mi hipótesis
supone la dominación del mundo entero por Irlanda; los
irlandeses consiguen sobreponerse al imperio inglés y
erigen el gran imperio de Irlanda. Reinan sobre el mundo
por trescientos años y absorben todos los pueblos: asiáticos,
africanos, europeos y americanos. Dublín sería la gran
metrópoli, el gran centro cultural, la reunión de
todas las expresiones del mundo y de todos los idiomas.
Surge entonces una lengua universal, primero como lengua
hablada y después retomada por la literatura. Esa hipotética
lengua universal es la que forma, y lo digo sin ánimo
de pontificar, la novela Finnegans
Wake”.
Julián
Ríos, por otro lado, aplica al libro de Joyce una frase
tomada de la correspondencia de Thomas Mann y referida a
otra cosa; lo llama “una historia abreviada de la
humanidad”. Y sigue Ríos: “Difícilmente
se podría definir mejor y con más exactitud la última
obra de Joyce […], que cuando Mann escribía
esa carta estaba aún en gestación y se conocía sólo
como ‘Obra en marcha’, Work
in Progress. […] Una
obra que se alza inaccesible aún en este nuevo siglo,
como un Himalaya al que apenas logramos acercarnos con
la ayuda de sherpas, porteadores y portemanteadores con
sus mantas y mantras, y mal haya quien mal piense”.
¿Cómo
leer o traducir una obra escrita en esa rara lengua
universal?, ¿con qué instrumentos escalar la gran
montaña nocturna? ¿Sirviéndonos de sherpas
que no siempre conocen bien el camino, y con los que es
más fácil perderse o precipitarse al vacío que llegar
a la cima? La caída de Finnegan en la página inicial
de la novela ha sido también la de los traductores al
español. Si en otros idiomas, el portugués, el alemán,
el italiano o el francés, ha habido audacias que han
vuelto el ejercicio venturoso en traducciones parciales
o íntegras (con una lista de notables en la que
encontramos a Augusto y Haroldo de Campos, Philippe
Sollers o Arno Schmidt), en este acá hispanoamericano
las carencias (literarias, intelectuales) sorprendieron
a editores y lectores cuando en 1993, por ejemplo,
apareció Finnegans
Wake en un tomo blanco de Lumen, como “compendio
y versión”
(se lee en la portada) o “traducción
y versión de la obra completa”
(dice la portadilla) de Víctor Pozanco, una cosa o la
otra calificadas por Julián Ríos en Álbum
de Babel (1995) como un “compendio
de disparates”.
Lumen
tuvo el valor de retirar tal esperpento, que por sus
descuidos (obvios, notables, dolorosos) no podía
compartir biblioteca con el Ulises de José María Valverde o el Retrato del artista adolescente de Dámaso Alonso ni con los Dublineses
de Guillermo Cabrera Infante (pese a los cubanismos),
por mencionar títulos y traductores que son parte del
catálogo de la editorial barcelonesa.
En
1996 Orhan Pamuk celebró que hubiera aparecido en Turquía
un “alma
gemela”
de Joyce. Se refería a Nevzat Erkmen, que lanzó ese año
su traducción de Ulises.
“La adaptación de los retruécanos y juegos de
palabra de Joyce”, escribe Pamuk, “y el empleo de
ese lenguaje vernáculo hacen de su trabajo una auténtica
delicia, algo que uno lee sin dejar de sonreír.” En
español tenemos a alguien similar pero contrario; sería
apropiado designarlo como la Némesis de Joyce, aunque
pase por especialista sesudo, dedicado, y se escude en
la academia (cual endemia) como profesor de la
Universidad de Sevilla. Francisco García Tortosa,
tortuoso, ha pergeñado ya dos subproductos en la
editorial Cátedra: un confuso Ulises madrileño y una muy extraña versión de “Anna Livia
Plurabelle”, capítulo armonioso de Finnegans
Wake (del que hay incluso una grabación con partes
sustanciales leídas o recitadas, casi cantadas, por
Joyce) en donde dos mujeres lavan en el río ropa ajena,
es decir chismean sobre lo que ocurre en la ciudad y en
el que, explica Edmund Wilson, se describe la vívida
llegada a la mayoría de edad de una mujer y “al
final, el río maduro, más ancho y más lento entonces,
avanzará hacia su padre, el mar”, capítulo que
arranca de esta manera:
O
tell
me all about
Anna
Livia! I want to hear all
about
Anna Livia. Well,
you know Anna Livia? Yes of course, we all know Anna
Livia. Tell me all. Tell me now. You’ll die
when you hear…
Diálogo
entre damas que para nosotros sonaría más o menos así:
Oh
¡cuéntame
todo de
Anna
Livia! Quiero escucharlo todo
acerca
de Anna Livia. Bien, ¿tú conoces a Anna Livia? Sí,
claro, todos conocemos a Anna Livia. Cuéntamelo todo.
Cuéntamelo ahora. Morirás cuando lo escuches…
Y
que el profesor tortuoso y colaboradores convirtieron a
un regionalismo suburbano, como se lee en lo que sigue:
O
dímelo
to de
Anna
Livia! Quiero oírlo to
de
Anna Livia. Bueno, conoces a Anna Livia? Sí, claro, tol
mundo conoce a Anna Livia. Cuéntamelo to. Cuéntamelo
ya. Te vas a morir cuando te enteres…
Uno
se pregunta si era necesaria esa deformación del
“to” y el “tol”, ¿para qué suene a qué? Dirá
el profesor tortuoso que así hablan las lavanderas en
Madrid o Sevilla, del mismo modo que justifica en Ulises
sus “pardiez” y otras expresiones pues tiene la mala
idea de que las traducciones deben asentarse
completamente en la lengua nueva y en sus geografías,
cuando lo que se intenta leer aquí son historias
irlandesas, insertándose García Tortosa en “la
lamentable y generalizada tendencia de los traductores a
castellanizar los textos extranjeros”, como apunta
Javier Marías en una nota a su Tristram
Shandy de Sterne, “de tal forma que cualquier
vestigio de su condición de obra inglesa, o francesa, o
alemana, queda borrado por completo o barrido por
inoportunos casticismos”. Faltaría cambiar Dublín
por Madrid; y en lugar de Torre Martello ubicarse en la
Puerta de Alcalá; o convertir al río Liffey en el
Guadalquivir y mandar ahí a lavar su mucha ropa sucia.
Hay otra traducción
del mismo pasaje, realizada en 1988 por el peruano Ricardo
Silva-Santisteban (Anna
Livia Plurabelle y otros textos del Finnegans Wake),
que circuló de modo privado y tiene fama de venturosa.
Habría que verla. Lanzo el anzuelo por si alguien
tuviera el ejemplar y me permitiera fotocopiarlo; o por
si se quisiera hacer una edición mexicana de ese tomo,
que ayudaría a salir un poco de la tortura de García
Tortosa & Co.
Otra
posibilidad para simular una buena escalada a ese
Himalaya verbal sería emprender la traducción del A
shorter Finnegans Wake (1966) de Anthony Burgess,
compendio (éste sí) de menos de 300 páginas dirigido
a estudiantes, con notas entre corchetes del autor de La
naranja mecánica que aclaran o simplemente comentan
pasajes oscuros del texto. En el prefacio se detiene
Burgess en dos cosas: una es que Joyce sabía de las
dificultades en que metería al lector promedio pero se
sentía, a la vez, comprometido por mostrarle a éste un
universo complejo; y la otra es que buscó también
escribir un gran libro cómico, que llevara a los
lectores a reírse como nunca, por lo que pide Burgess
abandonar la máscara de la solemnidad y prepararse para
divertirse. Y cierra. “Este es uno de los libros más
entretenidos jamás escritos”.
Acaso lo mismo pensaría
el traductor polaco que alternaba sus inmersiones en el Finnegans
Wake con la escritura de novelas policiacas.
|
|